Colaboraciones

 

Defender la religión en la escuela pública

 

 

 

13 septiembre, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

El Estado puede ser aconfesional, el Estado, no yo, es decir, no los ciudadanos, que sí pueden ejercer la libertad religiosa, y por eso la ley ha de prever que en los Centros públicos se impartan enseñanzas religiosas de acuerdo con las convicciones de los alumnos o de los padres. Eso es sencillamente hacer posible el ejercicio de un derecho ciudadano. Los alumnos han de poder escoger el estudio de la religión (porque son creyentes, o por interés cultural). Y ha de ser una materia, el hecho religioso, que pueda evaluarse (no la fe del alumno, lógicamente, sino el conocimiento de esa disciplina), de la misma manera que se evalúan las demás.

De manera que defender la religión en la escuela pública es exigir un derecho y esforzarse en un deber de padres cristianos: un cristiano podrá mostrar la invitación, sin fanatismo, con tolerancia, pero con autenticidad, de los auténticos derechos humanos, que colocan al hombre en la más alta dignidad, la de hijo de Dios; en la más plena libertad, liberado por Cristo del pecado mismo; en el más alto destino, la posesión definitiva y total del mismo Dios por el amor; Jesús nos sitúa en la más estrecha relación de solidaridad con los demás hombres por el amor fraterno y la comunidad eclesial; nos impulsa al más alto desarrollo de todo lo humano, porque ha sido constituido señor del mundo por su propio Creador; se nos da, en fin, como modelo y meta, pues es hijo de Dios encarnado, perfecto Hombre, cuya imitación constituye para el hombre fuente inagotable de superación personal y colectiva. De esta forma, el educador católico puede estar seguro de que hace al hombre más hombre, como decía el Cardenal Baum y M. Javierre en «El laico católico testigo de la fe en la escuela», publicado por la Congregación vaticana para la Educación. Es una tarea inmensa que el educador ha de transmitir con su vida y su palabra: el hombre inmerso cotidianamente en lo terreno, en la vida secular, está en posesión de tan excelsa dignidad.

¿Por qué quitar de la educación, leíamos no hace mucho, precisamente aquellas cuestiones más importantes sobre el sentido de la vida humana, de su trascendencia, de su felicidad?

El revuelo que se arma con la religión en algunos países no tiene sentido, si no es por el viejo tema del clericalismo/anticlericalismo ancestral de algunas culturas.

Con frecuencia Juan Pablo II destacó que el diálogo interreligioso es parte importante de nuestra época, hemos de profundizar en las raíces de nuestra cultura, y también en el estudio de la religión pues la misma lucha contra el terrorismo está implicada en esta educación, en ese marco se ve cada vez más claro que el auténtico sentido  religioso hace al hombre más humano. El conocimiento de las demás religiones, lo hace más tolerante, y ahuyenta el problema del racismo. Es verdad que unos conocimientos religiosos no bastan para hacernos buenos ciudadanos, pero es un medio más para ello. En todo caso, habrá que asegurar la calidad de esa enseñanza, más que arrinconarla.

«Convertirse en padres es una de las mayores alegrías de la vida», que suscita «nueva energía, impulso y entusiasmo». Así lo subrayó el Papa Francisco al reunirse con los participantes en la Asamblea General de la Asociación Europea de Padres (AEP), añadiendo que educar a un hijo «es una verdadera obra social, porque significa formarlo en la relacionalidad, en el respeto al otro, en la cooperación con vistas a un objetivo común, formarlo en la responsabilidad, en el sentido del deber, en el valor del sacrificio por el bien común». En cambio, si los niños «crecen como islas» son incapaces de «una visión común». Están «acostumbrados a considerar sus propios deseos como valores absolutos». Son niños «caprichosos» y la sociedad «se deconstruye, se empobrece y se hace más débil e inhumana». Por eso es necesario proteger el derecho de los padres a criar y educar a sus hijos con libertad, sin que se les obligue en ningún ámbito, especialmente en el escolar, a tener que aceptar programas educativos reñidos con sus creencias y valores. Y ese es un reto muy grande en estos momentos. Un reto muy grande.

Los padres deben «apoyarse mutuamente» y encender la «pasión por la educación»: «Educar —dijo el Papa Francisco— es humanizar, es hacer al hombre plenamente hombre».