Colaboraciones
La Santa Misa (II)
11 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
Presentación de dones
Es el momento en el cual se lleva al altar el pan y el vino, dos alimentos muy sencillos, que el sacerdote ofrecerá a Dios para que Cristo se haga presente en la Eucaristía.
La sencillez de estos alimentos nos recuerda al niño que le llevó a Jesús sus ofrendas, cinco panes y dos peces. Era todo lo que tenía, pero esa pequeñez, puesta en las manos de Jesús, se convirtió en abundancia y alcanzó para alimentar a una multitud inmensa e incluso sobró.
Así nuestras sencillas ofrendas de pan y vino, puestas en las manos del Señor, también se convertirán en abundancia, en lo más grande, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo para alimentar a una gran multitud que está hambrienta de Dios.
En cada misa, ¡nosotros somos esa multitud! Junto a este pan y vino, le presentamos también a Dios, de manera simbólica, algo de nosotros mismos. Le ofrecemos nuestros esfuerzos, sacrificios, alegrías y dolores. Le ofrecemos nuestra fragilidad para que Él haga obras grandes con nosotros. Para que cuando Dios convierta el pan y el vino en el Cuerpo y al Sangre, también nos convierta a nosotros, nos haga mejores, más semejantes a Él.
Oración secreta
Terminada la presentación de dones, el sacerdote se inclina ante el altar y dice una oración secreta. Es secreta, pero no en el sentido que nadie la pueda conocer, sino en que la dice en voz baja. Son varios los momentos en los que el sacerdote dice una oración secreta.
En esta ocasión dice: «Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que este sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro». Es un momento importante porque manifiesta que cuando el sacerdote celebra la misa, está rezando, no simplemente repite gestos mecánicos, sino está dialogando con Dios.
Prefacio
Esta palabra viene de dos palabras en latín: pre–factum, que significa literalmente «antes del hecho». Y se llama así porque está justamente antes del hecho más importante de toda la misa: la plegaria eucarística, que son todas las oraciones que rodean el momento de la consagración.
En el prefacio hay un diálogo con el sacerdote, que siempre dice: «Levantemos el corazón. Lo tenemos levantado hacia el Señor». Es que en el prefacio hemos dado gracias a Dios, hemos reconocido sus obras de amor y lo alabamos. Todo esto verdaderamente eleva nuestro corazón.
Esa es la actitud interior a la que la liturgia nos conduce, elevar el corazón para estar listos para el momento más importante: cuando Cristo se haga presente con su Cuerpo y su Sangre. Por eso el Papa Benedicto decía: «Debemos elevar nuestro corazón al Señor no solo como una respuesta ritual, sino como expresión de lo que sucede en este corazón que se eleva y arrastra hacia arriba a los demás».
Santo
El prefacio termina con este canto de alabanza a Dios. La letra está tomada totalmente de las Sagradas Escrituras.
La primera parte, es un canto que hemos aprendido del coro de los ángeles, que el profeta Isaías oyó que le cantaban a Dios junto a su trono. El tres veces santo repetido, nos recuerda las tres personas divinas de la Santa Trinidad.
Y la segunda parte es la aclamación que le dicen a Jesús cuando está entrando montado en un burrito a Jerusalén el domingo de Ramos: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor, hossana!» Estaban felices aclamando Jesús, el rey esperado, que entraba a su ciudad.
Nosotros en la misa también aclamamos a Cristo que está a las puertas de hacerse presente ante nosotros. Por eso podemos decir que el santo, es un canto de hombres y ángeles, que nos unimos para alabar a Dios.
Epíclesis
Es el momento en el cual se invoca al Espíritu Santo para que santifique las ofrendas de pan y vino que hemos presentado. Por eso en ese momento el sacerdote extiende e impone las dos manos sobre las ofrendas.
Así como el Espíritu Santo descendió sobre la Virgen María para que concibiera e hiciera presente a Jesús en su seno, ahora invocamos al Espíritu Santo para que descienda sobre estos dones y también haga presente a Cristo entre nosotros.
Relato de la institución y consagración
Hemos llegado al corazón de la plegaria eucarística, al momento más importante de la misa. Siguiendo el mandato que Jesús le dijo a sus apóstoles: «Hagan esto en memoria mía», el sacerdote, actuando en la persona misma de Cristo, pronuncia las palabras de la institución de la Eucaristía, las mismas que Jesús pronunció el día de la Última Cena.
Y esas palabras tienen el poder de transformar la realidad. Así como cuando Dios dijo: «Que se haga la tierra», y la tierra se hizo.
Cuando Jesús le dijo al paralítico: «Toma tu camilla, levántate y anda» y el paralítico que nunca había podido caminar, se puso de pie y empezó a caminar. O cuando le dijo a su amigo Lázaro que llevaba tres días en la tumba: «¡Lázaro sal fuera!» y Lázaro volvió a la vida y salió de la tumba.
Así como Dios, cuando pronuncia su Palabra, la Creación le obedece, en la misa, cuando Dios pronuncia su Palabra a través del sacerdote: «Tomen y coman que esto es mi cuerpo…», «tomen y beban que esto es mi sangre…», su Palabra, que es eficaz, transforma la realidad y las ofrendas de pan y vino dejan de serlo y se convierten realmente, en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús. Verdaderamente Cristo, en su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
Padre nuestro
Antes de recibir la comunión, la Iglesia nos invita a rezar la oración que Cristo nos enseñó. San Cipriano decía: «¿Qué oración podría escuchar el Padre más gustosamente que aquella en la que escucha la voz de su Hijo único, de Jesucristo?».
Cuando rezamos el Padre nuestro, el Padre reconoce la voz de su Unigénito en nosotros. Y es así, porque cuando rezamos el Padre nuestro, estamos rezando no con nuestras palabras, sino con las palabras de Dios, con las mismas palabras con las que Jesucristo nos enseñó a rezar.
La oración no es Padre mío, sino nuestro. Es una invitación al amor entre nosotros, a la fraternidad, a la hermandad, a la reconciliación. El Papa Francisco lo dijo muy claramente: «Esta es una oración que no se puede rezar con enemigos en el corazón, con rencores con el otro». Es una oración que prepara nuestro corazón, porque nos invita a la comunión.
Comunión
Cuántas veces hemos dicho: ¡Me muero de hambre! Tanto así nuestro cuerpo rechaza la experiencia de tener el estómago vacío, que nos expresamos así. Pero tenemos un hambre más profundo aún. El hambre de Dios. Cristo se hace alimento, porque no quiere dejarnos vacíos, Él ha venido a traernos vida y vida en abundancia.
Es el momento de la comunión. Es cuando el sacerdote se acerca a distribuir el alimento de la Eucaristía. Se le llama también comunión porque al recibir el cuerpo de Cristo, entramos en una íntima y profunda común–unión con Él.
Cuando alguien come algo, eso que ha comido se convierte en parte de su cuerpo y se hace uno con él y ya nadie lo puede separar.
Cuando recibimos el Cuerpo de Cristo, con este alimento sucede algo distinto, no solo se vuelve parte de nosotros, sino sobre todo nosotros nos volvemos en aquello que comemos, nos hacemos más como el Señor. Este es el verdadero alimento, el alimento de vida eterna, que quien lo reciba, vivirá para siempre.
La comunión eucarística se convierte así en germen de resurrección y en soporte de nuestra esperanza en la transformación futura de nuestros cuerpos mortales. Pero al mismo tiempo hace de nosotros un solo cuerpo en Cristo (Cf 1 Cor 10, 16-17) y nos hace vivir en el amor y ser solidarios con todos nuestros hermanos: como exhortaba San Pablo a los fieles de Corinto, es una contradicción inaceptable comer indignamente el Cuerpo de Cristo desde la división o discriminación (Cf 1 Cor 11, 18-21).
Jesús hace realidad lo que dijo: «Yo estaré con vosotros cada día hasta el fin de los siglos» (Mt 28, 20) y también «Venid a mí todos los que estéis cansados o agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Está con nosotros en la comunión con una presencia substancial, es decir que está presente el mismo Jesús que nació en Belén y creció en Nazaret y que hizo milagros y murió en el calvario, el mismo que está en el cielo es el que se nos da en la comunión.
¡Qué momento más bueno, para decirle a Jesús cosas íntimas!, para pronunciar una comunión espiritual: «Yo quisiera recibirte, Señor, con la pureza, humildad y devoción con que te recibió tu Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos». Los cantos y los silencios sagrados, la música y los detalles de urbanidad, todo es secundario en relación a la comunión (aunque también esos detalles realzan la dignidad de la Misa, y demuestran la fe de quien sabe qué se realiza, y por esto están regulados los colores litúrgicos y los ornamentos, etc., y denotaría poca fe cambiarlo). La comunión es un misterio inmenso, pues no transformamos el cuerpo de Jesús en el nuestro, sino que Jesús nos hace como él (espirituales, hijos de Dios). La fe nos va llevando a tratar a Jesús como una persona viva, y transformarnos hasta poder decir: «No soy yo el que vivo, es Cristo quien vive en mí».
Esta acción de gracias después de comulgar —tiempo de recogimiento en el que agradecemos a Dios que haya venido a nosotros—, puede continuar aún después del saludo final del sacerdote: «Podéis ir en paz»: así acaba la Misa. Somos enviados a llevar la paz, llevando a Jesús con nosotros: vemos a Jesús en los demás, y pensamos que dar un vaso de agua fresca a quien lo necesite es también ayudar a Jesús que está en aquel hermano. Ir en paz es una misión que cumplir, es comprender y perdonar (condición que pone Dios para podernos perdonar).