Civismo y convivencia

 

 

03/11/2026 | por Grupo Areópago


 

 

 

 

 

 

Según la Real Academia Española, el civismo se define como el “comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública.” Sin embargo, en el día a día, esta definición choca con numerosas situaciones cotidianas que afectan directamente a la convivencia: escuchar música a un volumen excesivamente alto en bloques de vecinos a horas inapropiadas; ver redes sociales o hablar por teléfono siendo “solidarios” con el resto de personas si vas en transporte público; encontrarse excrementos de mascotas en las vías públicas o en la puerta de tu casa porque sus dueños no los limpian; dejar basura fuera de los contenedores o abandonar enseres sin respetar los días y horarios establecidos por las instituciones; realizar grafitis no autorizados en bancos, parques o mobiliario urbano; circular con patinetes por las aceras o fumar en espacios cerrados o robar plantas que ponen los Ayuntamientos para embellecer las ciudades, entre otros muchos ejemplos.

A base de verlos y vivirlos, muchas veces terminamos normalizando estos comportamientos, nos acostumbramos a ellos y aceptamos lo inaceptable. Nos hemos insensibilizado ante estas situaciones, quizás por comodidad, para evitar discusiones o simplemente por mantener una falsa paz. Pero cabe preguntarse: ¿por qué ocurren?

Hablar de civismo es, en esencia, hablar de respeto. Implica consideración hacia nuestros vecinos, hacia las costumbres del lugar en el que vivimos, hacia quienes comparten con nosotros los espacios públicos y hacia nuestro propio entorno. En definitiva, se trata de comprender que vivimos en comunidad, que la libertad de hacer lo que nos plazca no existe cuando pisamos el espacio ajeno y que nuestras acciones, por pequeñas y cotidianas que parezcan, tienen un impacto directo en quienes nos rodean.

La consideración hacia los demás no debería depender únicamente de la existencia de normas, prohibiciones o sanciones, ni de la presencia de una autoridad que vigile su cumplimiento. El respeto mutuo debe nacer de la conciencia individual, de la educación y de la voluntad de convivir en armonía. Nuestro derecho a disfrutar de nuestra casa, de nuestro barrio o de nuestra ciudad debe ser siempre compatible con el derecho de los demás a hacer exactamente lo mismo. Cada derecho lleva implícita una responsabilidad.

Civismo y respeto van indisolublemente de la mano, pues no debemos confundir nunca la libertad con el libertinaje. Da la sensación de que, en los tiempos que corren, el valor del respeto por el otro se encuentra en clara decadencia.

Por todo ello, la empatía, la responsabilidad social, la educación y el compromiso firme con el bien común son más necesarios que nunca para construir una convivencia sana. Son los pequeños gestos cotidianos —recoger lo que ensuciamos, respetar los horarios, cuidar el entorno común o pensar en quienes habitan a nuestro lado— los que hacen que las cosas funcionen mejor. Al fin y al cabo, sigue vigente aquella máxima de que “la libertad de uno termina donde empieza la del otro”.

 

 

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