Tribunas

Volver a leer a Agatha Christie

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Agatha Christie.

 

 

 

 

En el último número de la renovada revista “Huellas”, de Comunión y liberación, Alessandro Gnocchi escribe un artículo sobre la fe en la literatura de Agatha Christie.

La escritora inglesa más leída después de Shakespeare, la maestra del suspense, era una mujer creyente, pertenecía a la confesión anglicana, asistía con asiduidad al culto litúrgico, tenía a mano siempre su “Book Common Prayer” y leía por las noches “La imitación de Cristo”, de Tomás de Kempis.

Aunque no se le conocen abundantes textos teológicos, su fe impregnó su mundo literario. Bueno, lo de la ausencia de teología vale si exceptuamos su libro “Estrella sobre Belén”, de 1965, una serie de cuentos de Navidad en los que indaga el misterio, que es una metáfora de la condición humana.

Pero, ¿qué aspecto de la creencia fue dominante en su literatura?

Recuerda por cierto el autor de este reportaje que en 1971 se adhirió a una petición en favor de la liturgia tradicional, entiendo que del rito extraordinario del misal romano de Juan XXIII.

Y que el Papa Pablo VI aceptó la petición de ese grupo de intelectuales, entre otras razones, porque entre ellos estaba la firma de Agatha Christie. De hecho, se le denominó el “Indulto Christie” en determinados ambientes.

Una de las claves de la narrativa de Christie es la presencia del mal, no en sentido gnóstico de una fuerza indefinible e impersonal, un clima o una circunstancia insalvable.

El mal, la concepción del pecado, está ligada a una decisión personal. No todo vale en su obra. No hay rastro de nihilismo. “El orden puede ser violado, pero no negado”, dice Gnocchi.

Concluye Alessandro Gnocchi que “Agatha Christie no escribía novelas religiosas. Escribía novelas que solo eran posibles desde una visión cristiana del hombre. En el fondo, como nos recordaban dos escritores profundamente católicos como J. R. R. Tolkien o Flannery O´Connor, lo que hace cristiana a una obra literaria no es el tañido de las campanas en una página sí y en otra no, sino una visión del hombre que se toma en serio el mal, la culpa, la responsabilidad y la posibilidad -nunca automática- de la redención”.

En un mundo en el que se hace evidente la vulnerabilidad y el pecado, el límite, la culpa, frente a la pretensión de omnipotencia, es necesaria la pedagogía de la literatura.

 

 

José Francisco Serrano Oceja