Opinión
06/10/2026
Huellas en la nieve
José Antonio García Prieto Segura
Canonización del beato Josemaría Escrivá.
Roma 6 de octubre de 2002.

Alrededor de 400.000 personas se estima la capacidad de acogida de la plaza de Pío XII y de Via della Conciliazione, en Roma. En torno a ese número sería la multitud de quienes el 6 de octubre de 2002, participamos en la canonización de Josemaría Escrivá, por el Papa Juan Pablo II. Hasta 9 pantallas gigantes permitieron seguir mejor la ceremonia. Y serían incontables quienes participaron “on line”, gracias a la coproducción del Centro Televisivo Vaticano y la RAI, permitiendo su transmisión en directo a 29 emisoras de los cinco continentes. Aunque los números son secundarios, aquel acontecimiento y otros similares -como los vistos en Francia con la reciente visita de León XIV- dan que pensar.
Por eso he recordado de intento esas cifras concretas, pues pienso que refuerzan cuanto deseo transmitir en este artículo: la gran repercusión e importancia de acoger el paso de Dios junto a nosotros, aunque alguna vez lo haga casi imperceptiblemente y como de puntillas. Es lo que sucedió un día, en plena adolescencia del futuro fundador del Opus Dei. He tenido la suerte de habérselo oído contar directamente, en una o dos ocasiones, durante las tertulias que teníamos quienes convivíamos muy cerca de él en Roma.
Quienes conozcan algo de su vida ya adivinan que voy a referirme al eco divino que resonó en su espíritu, al contemplar las huellas de unos pies descalzos sobre la nieve que cubría la calle Marqués de san Nicolás, en la ciudad de Logroño. Corrían los días de Navidad entre 1917 y 1918; la gracia divina hizo que la mirada del joven Josemaría fuera más lejos y más alto, al ver aquellos vestigios dejados sobre el albino manto, por un religioso carmelita.
He aquí sus palabras textuales de aquel suceso; en 1964, como preguntándose a sí mismo, decía: “¿Cuál ha sido el origen de mi vocación sacerdotal? - Una cosa aparentemente fútil; la huella de los pies descalzos de un carmelita sobre la nieve” (A. Vázquez de Prada, “El Fundador del Opus Dei” I, pág. 96). Hoy, lo recuerda el breve texto de una placa colocada por el consistorio logroñés en aquel lugar. Pero aquella aparente futilidad -por usar sus propias palabras- fue el inicio no solo de su camino al sacerdocio, sino de otras muchas gracias que recibió hasta el final de su vida. Y, sin duda alguna, entre esas gracias hay que destacar la luz divina que el 2 de octubre de 1928 le hizo ver el querer divino de poner por obra el Opus Dei y, más tarde, su difusión por todo el mundo.
Aquel lejano suceso de las huellas volvió a mi memoria del modo más vivo y sorprendente que cabe imaginar, en vísperas de la canonización. Desde 1999 yo vivía precisamente en Logroño, y sería el 2 o 3 de octubre de 2002, casi a punto de emprender el viaje a Italia, cuando me encontraba reunido con un numeroso grupo de sacerdotes. Estábamos en una sede que distaría poco más de cien metros del lugar de las famosas pisadas. Nos habían llegado noticias de medio mundo sobre los numerosos peregrinos que irían a Roma y nuestra alegría era desbordante, imaginando ya el encuentro gozoso de la canonización. En ese contexto, Cecilio, uno de los presentes, lleno de entusiasmo lanzó este exultante comentario: “Hay que ver lo que han dado de sí unas huellas en la nieve, ¡bien miradas!”. Nunca olvidaré el exclamativo final de la frase.
Esas dos palabras “¡bien miradas!” apuntaban a lo sobrenatural de un contemplar la realidad desde una perspectiva de fe, con los ojos de Dios, por así decir. Tal fue la mirada del joven Josemaría; aquellas huellas le hicieron intuir el amor divino de quienes caminaban descalzos, y elevar más aún su propio corazón a Dios. Así lo testimonió más de una vez: “Cuando apenas yo era adolescente arrojó el Señor en mi corazón una semilla encendida de amor”, escribía en Carta 21-I-1961. Y sobre aquel mismo suceso, y como preludiando nuevas gracias y exigencias de Dios, le oíamos en marzo de 1975: “(…) comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor (…) Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera…” (Meditación 19-III-75)
Lo que llegó después fue, además del sacerdocio, la fundación del Opus Dei. Su espíritu, enraizado en el Evangelio, recuerda que Dios nos espera siempre y en todas partes, llamándonos a santificar en medio del mundo todos los quehaceres y las más nobles ocupaciones terrenas. Por eso, cabe pensar que no fue casual que aquel chispazo divino tuviese lugar en plena calle, con el concurso de la nieve caída del cielo y el ejemplo de amor a Dios de quien, desafiando el manto helado, fue instrumento del Señor para llamar a Josemaría.
Hace apenas dos semanas, el papa León XIV se ha referido a ese mensaje del Opus Dei, mencionando un pasaje de la Homilía de Juan Pablo II en la canonización del beato Josemaría. Hablando de que la actividad y esfuerzos del hombre en medio del mundo, responden a la voluntad de Dios, ha recordado el pasaje del Papa polaco con estas palabras: “Desde esta perspectiva surge una verdad importante: para encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo” (León XIV Audiencia miérc. 23-IX-2026).
La escena de las huellas quedaría incompleta, si no aprovechásemos para sacar alguna consecuencia personal. Y considero que nos la ofrece el propio san Josemaría en palabras de un punto de “Camino” donde, a mi modo de ver, reverbera aquel suceso y su enorme trascendencia. Proceden de una carta escrita a un joven, en enero de 1937, aunque se omite su nombre y solo leemos esto: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes”. (Camino, 755). Son las maravillas que Dios desea realizar en nuestra vida si, al visitarnos, no le dejamos ir de vacío.
El Señor no tiene acepción de personas y a todos llama, aunque no se repita en su modo de pasar junto a cada uno. Las “huellas sobre la nieve” del querer divino, tienen tantas modalidades cuantas personas singulares hay en el mundo. Pero su eficacia requiere estar despiertos para impedir que pase la gracia y quede infructuosa. Bien lo testimonió san Agustín que, ante la eventualidad de no responder a las llamadas divinas, escribió: “Temo que Dios pase, y no me dé cuenta” (Sermón 88, 14, 13). Con su respuesta generosa a Dios, en Milán, Agustín se anticipó en muchos siglos a la respuesta igualmente generosa, en Logroño, del joven Josemaría.
A lo largo de los siglos innumerables cristianos, en todo el mundo, han respondido con análoga generosidad. Es evidente que, también hoy, la historia continúa repitiéndose porque el Señor sigue pasando a nuestra vera. Toca a cada uno mover ficha, aunque no siempre los frutos de santidad alcancen a congregar miles de personas en la plaza de San Pío XII, como aquel 6 de octubre.
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