Tribunas

A propósito de La Odisea de Christopher Nolan

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Christopher Edward Nolan, director de cine.

 

 

 

 

Lo primero que tengo que confesar es que en cuanto tenga la mínima oportunidad iré a ver la versión de la Odisea de Christopher Nolan. De momento me dejo guiar por lo que han escrito personas a las que admiro, como el clasicista José María Sánchez Galera o mi alumno y fino divulgador de la historia, Gonzalo Jiménez Tapia, ambos en “El Debate”.

Sánchez Galera, que por cierto acaba de publicar una traducción de la obra de Homero en la colección Doce uvas, de Rialp, lo ha dejado claro: “La Odisea de Nolan es una película postmoderna. Y anglosajona. Dicho de otro modo; nada hay de esencia homérica en este largometraje. A partir de aquí, podremos hablar del producto comercial en tanto que mera obra cinematográfica —y Nolan las ha producido de gran calidad—, no en tanto que adaptación de literatura”.

Jiménez Tapia va más por la línea del análisis histórico: “Christopher Nolan lleva al cine la obra de Homero en su nueva versión de La Odisea, una superproducción visualmente potente pero repleta de anacronismos históricos y errores sobre la Edad de Bronce”, dice en el inicio de su crítica.

Lo que me interesa es destacar una serie de ideas a propósito de este clima cultural homérico.

Cuando se habla hoy, se produce y reproduce la Odisea, de lo que se trata es de una búsqueda y afirmación de la identidad de nuestra cultura, de Occidente, de Europa. Pero una identidad, convertida también en moda literaria -véase el conjunto de novedades de literatura histórica de ese período-, cuya pregunta no es sólo de dónde venimos, dado que tarde o temprano tendríamos que hablar del cristianismo, sino a dónde vamos.

Como dijo Fabrice Hadjhadj en una conferencia en el Aula Magna de la Universidad San Pablo CEU, el pasado mes de febrero, la teleología o la escatología que suponía la pregunta sobre el futuro se sustituye por una genealogía, y la proyección por una lamentación. “A menudo esta genealogía desgraciada va acompañada de una nostalgia de la cristiandad que resulta ser más pagana que cristiana, más odiseica que abrahámica, ya que una mente pagana, al no distinguir lo suficiente el orden del mundo y el orden del Espíritu, siempre inclinará a defender la cristiandad incluso en contra el cristianismo”, señaló.

Estamos ante la pedagogía del paradigma odiseico o del paradigma abrahámico. El paradigma odiseico nos remite al mundo clásico, al universo precristiano, que no quiere decir solo pagano. Nos remite a una teología política, mejor dicho teogonía, del poder que no hace ascos a una utilización política del cristianismo en favor de la cristiandad, como estructura social de poder. Cristiandad significa un cristianismo que utiliza el poder para asentarse y expandirse como mecanismo legitimador.

Mientras que el paradigma abrahámico nos señala el camino de una teología política cristiana que no utiliza a la cristiandad sino que la trasciende. Aunque es indudable que no se puede obviar el discurso de las raíces cristianas de Europa, quizá uno de los temas del pontificado de san Juan Pablo II y de Benedicto XVI, y luego no tan recordado, no pocas reivindicaciones de las raíces cristianas de Europa, de nuestra cultura al fin y al cabo, se hacen con la pretensión de la cristiandad y no con la memoria del cristianismo.

Es innegable que a la hora de hablar de las raíces cristianas de Europa hay que tener en cuenta lo que afirmaba en su libro “Europa, la vía romana” Rémi Brague. Escribía este hombre sabio que Europa tiene sus recursos en sí misma, pero sus fuentes fuera de ella. Lo propio europeo descansa en la apropiación de lo que le es ajeno, a saber, la filosofía griega y la revelación judía.

 

 

José Francisco Serrano Oceja