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El "giro católico" de La Roja: una generación de futbolistas que ya no esconde su fe
22/07/26 | Zenón de Elea
Ferran Torres y Nico Williams tras el gol de España
en la final del Mundial 2026.
Jose Breton / AFP7 / Europa Press.
He esperado algunos días antes de escribir este artículo. Tenía que dejar que la emoción se asentara. España entera ha vibrado con la selección española de fútbol, que nos ha regalado la segunda estrella tras proclamarse campeona del mundo. Han sido días de alegría compartida, de abrazos, de calles llenas de banderas y de una ilusión colectiva que pocas cosas son capaces de despertar. El fútbol tiene ese extraño poder de unir durante unas horas a un país acostumbrado a las divisiones.
Además del triunfo deportivo, este equipo ha dejado una lección de elegancia, humildad y compañerismo. Justo lo contrario de la imagen ofrecida por algunos jugadores argentinos tras la final, incapaces de aceptar la derrota con deportividad. Pero no quiero detenerme ahí. Hay algo mucho más importante que me ha llamado la atención y que, curiosamente, se está comentado.
Creo que estamos asistiendo a un auténtico giro católico —o, si se prefiere, un giro religioso— en el fútbol español.
Durante años parecía que la fe debía vivirse en privado, casi en secreto, como si un deportista de élite tuviera que esconder sus creencias por miedo a las burlas o a ser etiquetado. Muchos recordábamos a Santillana santiguándose antes de saltar al césped. Aquella imagen parecía pertenecer a otro tiempo.
Hoy, sin embargo, una nueva generación de futbolistas ha decidido vivir su fe con absoluta naturalidad.
El primero es el propio seleccionador, Luis de la Fuente, cuyo liderazgo va mucho más allá de la táctica. Nunca ha ocultado que su vida está cimentada sobre la fe. "Soy católico. La fe da mucha fortaleza, seguridad y me ha permitido ser la persona que soy hoy". Tampoco esconde su relación cotidiana con Dios: "Doy gracias todos los días, cada mañana que me levanto". Y cuando le preguntan por rituales o supersticiones responde con una frase que desarma cualquier tópico: "Prefiero dejarlo todo en manos del Señor".
El héroe de la final, Ferran Torres, tampoco tuvo reparo en mirar al cielo tras marcar el gol que dio el título a España. "Gracias a Dios, siempre me da esas fuerzas para seguir", declaró. Después, con una humildad poco habitual en el fútbol moderno, aseguró que aquel tanto "era de 47 millones de españoles". Más tarde reveló que durante todo el campeonato había llevado consigo una cruz y una imagen de la Virgen: "Tengo la cruz y una Virgen. Creo que me dan mucho apoyo. Tengo muchísima fe y para mí es algo muy importante".
También el capitán, Rodri Hernández, ha convertido su testimonio en una constante. Cuando recibió el Balón de Oro dio las gracias a Dios delante de millones de espectadores. Y tras conquistar el Mundial volvió a hacerlo con una sencillez admirable: "Soy muy cristiano. Creo que hay Alguien ahí arriba ayudándome". En un deporte donde tantos hablan únicamente de éxito, dinero o fama, escuchar a un campeón del mundo reconocer que todo don recibido tiene un origen superior resulta estimulante.
La fe también está presente en los más jóvenes. Nico Williams sorprendía hace apenas unos días publicando un sencillo pero elocuente "God is great" ("Dios es grande") en sus redes sociales. Y llegó incluso a contar, con la espontaneidad de quien habla de un amigo cercano, que durante una lesión rezó para pedir ayuda a Dios y a la Virgen.
Y después está Lamine Yamal. Él no es católico; es musulmán. Sin embargo, la imagen de rodillas sobre el césped rezando al concluir la final fue una de las fotografías más llamativas del campeonato. Porque el mensaje de fondo es el mismo: reconocer que existe Algo —o mejor dicho, Alguien— por encima de uno mismo. En una sociedad que tantas veces pretende relegar la dimensión religiosa al ámbito privado, resulta esperanzador comprobar que los jóvenes deportistas ya no sienten la necesidad de ocultarla.
No sé si este fenómeno marcará una época o si será simplemente una generación especialmente valiente. Lo que sí sé es que hacía mucho tiempo que no veía a tantos referentes deportivos hablar de Dios con tanta libertad, sin complejos y sin pedir perdón por hacerlo.
Además de la segunda estrella bordada sobre el escudo, este testimonio es también un gran legado: la valentía de recordar que el éxito no está reñido con la fe; que se puede competir al máximo nivel sin renunciar a las propias convicciones; y que dar gracias a Dios no resta mérito al esfuerzo humano, sino que lo engrandece.
Por eso, más allá del Mundial, quiero darles las gracias. Gracias por los goles, por el fútbol y por hacernos sentir orgullosos de España. Pero, sobre todo, gracias por demostrar que la fe no tiene por qué esconderse. Quizá el mayor triunfo de esta generación no sea únicamente haber ganado un Mundial, sino haber normalizado algo tan sencillo como mirar al cielo después de una victoria.