Tribunas

Una historia conmovedora

 

 

Ernesto Juliá


Cementerio y monumento estadounidense de Luxemburgo
de 5.076 militares estadounidenses muertos
en la Segunda Guerra Mundial.

 

 

 

 

 

Quizá algún día alcance a escribir una narración más completa; ahora, me urge dejar constancia, en esta breve reseña, de un hecho ocurrido hace ahora 81 años, el 29 de abril de 1945.

Estamos en el norte de Italia. La Segunda Guerra Mundial estaba ya prácticamente concluida, aunque las ordenes de “alto el fuego” no habían llegado todavía a los últimos rincones de los diferentes frentes. El ejército alemán se batía en retirada por aquellos parajes provocando apenas escaramuzas, sin consecuencias, tratando de llegar a tierras patrias en el momento de la rendición definitiva.

Nico Tasca, el menor de doce hijos, se despide de su madre –mamma Lidia- a primera hora de la tarde y se dirige a la plaza del pueblo para festejar el fin de las hostilidades. En compañía de otros muchachos, jóvenes como él con poco más de 17 años, prolongó el paseo hasta las afueras del pueblo, hasta el rio Brenta.

         Al llegar cerca de la carretera que lleva hacia Austria, descubrieron una columna blindada alemana en retirada. En los parajes pululaban pequeños grupos armados empeñados todavía en obstaculizar la vuelta. Quizá eran demasiado jóvenes para darse cuentas de la sabiduría que encierra el proverbio castellano: “a enemigo que huye, puente de plata”.

         Nico no había empuñado jamás un fusil, y a ver el posible peligro que se avecinaba se limitó a dar una voz de alarma a los restantes compañeros para que dejasen transitar tranquilamente la columna. La alarma no fue bien recibida. Y al poco tiempo se inició un tiroteo inútil entre los “enemigos”.

         En el abrirse el paso, los alemanes dejaron abandonado y herido a uno de sus hombres, Kurt. Entre los italianos, Nico fue centrado por una bomba de mano. Los dos muchachos habían nacido el mismo día: 18 de diciembre de 1927.

         Trasladados al hospital, fueron colocados en dos camas contiguas: las heridas cancelaron para siempre la división de los campos de batalla. La situación de los dos heridos daba poco margen a la esperanza de sobrevivencia.

         A la cabecera de su hijo, mamma Lidia miraba con ternura el rostro de Kurt, y quizá se le cruzó como un relámpago por el alma una pregunta: “¿quién habría cuidado de mi hijo en un hospital alemán?”.

Mamma Lidia, rezando y sufriendo en silencio, se multiplicó. Si la madre de Kurt no estaba allí, ella sería también para él su madre. Su corazón cristiano no distinguió ya entre “enemigos”; y, en el bálsamo del silencio compartido sólo con Jesucristo clavado en la Cruz, pasó por la pena de cerrar los ojos a su hijo Nico, unas horas después de besar la frente muerta de Kurt.

El recuerdo de estas dos muertes “inútiles” queda hoy en la memoria de algún superviviente, y en un monolito dedicado a la paz, situado no lejos del tiroteo, a orillas del Brenta, que el tesón de uno de los hermanos de Nico consiguió levantar al cabo de los años: fue su aportación a la paz europea.

La guerra lleva siempre consigo amargura y dolor; y la tristeza de ver a seres humanos, creados por Dios para gozar de la creación en esta vida y del Cielo, en la vida eterna, engarzados en luchas interminables de odios y de venganzas, quizá sin acabar nunca de darse cuenta de que estas contiendas son siempre fratricidas.

Lidia lo entendió bien y su corazón maternal no quiso ni distinguir ni discriminar; se engrandeció, se dilató, hasta abarcar en un solo abrazo, en una sola caricia, aquellas dos vidas.

         Hasta el final de sus años, Lidia habló poco del episodio, y en las contadas ocasiones en que volvió a dar voz a la memoria de aquellos momentos, no dejó de señalar que “había cuidado a Kurt como si fuese un hijo suyo”.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com