Tribunas
14/07/2026
Noventa minutos de nosotros
Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.
Selección española.
Europa Press.

Cada cuatro años ocurre algo extraño. Personas que apenas conocen el nombre de sus vecinos discuten apasionadamente sobre la alineación de un equipo nacional. Gentes incapaces de ponerse de acuerdo en casi nada celebran al unísono un gol marcado a miles de kilómetros. Individuos que reivindican su independencia frente a cualquier forma de pertenencia se enfundan una misma camiseta.
Los sociólogos y filósofos del futuro quizá encuentren fascinante este espectáculo. En una época que ha hecho de la diferencia una bandera, el Mundial sigue siendo una de las pocas ceremonias capaces de producir algo parecido a la unión.
Porque el fútbol, aunque se presente como entretenimiento, rara vez se limita a eso. Nadie llora de alegría porque un balón haya cruzado una línea blanca ni abraza a desconocidos por una cuestión geométrica. Nadie sale a una fuente a medianoche para festejar un simple resultado deportivo.
Lo que se celebra es otra cosa. Y quizá por eso el Mundial sigue despertando pasiones incluso entre quienes aseguran que el fútbol les deja indiferentes.
Hay algo en esos partidos que desborda el juego. Se ve en las banderas que reaparecen en balcones habitualmente discretos. En las conversaciones improvisadas en los bares, entre extraños. Durante unas semanas emerge un lenguaje común que permite reconocerse incluso entre quienes apenas comparten otra cosa.
También hay una contradicción muy fértil en que miles de personas demuestren, sin proponérselo, que la gran utopía del individuo autosuficiente nunca ha funcionado demasiado bien.
Y es que vivimos en una época muy severa con las viejas pertenencias y extraordinariamente indulgente con las nuevas, aunque sean de cartón piedra. Desconfiamos de la nación, de la tradición y de cualquier vínculo heredado, como si todo lo recibido fuera por definición sospechoso. Sin embargo, cuando empieza el Mundial, buscamos una bandera, un himno, unos colores y un relato común.
Quizá el problema nunca haya sido pertenecer, sino cómo y a qué pertenecemos. Porque, aunque afirmamos haber superado las viejas pertenencias, nos pasamos media vida buscando otras nuevas. Renunciamos a la patria, pero nos enrolamos en una tribu digital. Renegamos de los símbolos nacionales, pero convertimos el logotipo de una multinacional en una segunda piel. Rechazamos las comunidades heredadas y terminamos entregándonos a comunidades fabricadas por ideologías, marcas o algoritmos, que suelen pedirnos más obediencia y menos memoria.
Durante siglos, generaciones enteras encontraron de manera natural los lugares donde aprender a decir «nosotros»: la familia, la parroquia, el pueblo. No eran comunidades perfectas. Ninguna lo es. Pero ofrecían una identidad compartida que permitía reconocer al otro como alguien más que un mero compañero circunstancial.
Hoy, en cambio, abundan las conexiones y escasean los vínculos. Tenemos cientos de contactos y pocos vecinos; seguidores, pero cada vez menos amigos; acceso permanente a los demás y una creciente dificultad para construir un nosotros duradero.
Por eso el Mundial conserva una fuerza tan singular. Durante unas semanas nos recuerda algo que ya sabíamos, aunque habíamos olvidado: que el hombre no está hecho para vivir sólo consigo mismo. Y no deja de resultar curioso que una sociedad cada vez más fragmentada necesite convocar a medio planeta en torno a un balón para comprobar que todavía deseamos formar parte de algo mayor que nosotros mismos.
Por eso el fenómeno tiene algo de entrañable y algo de melancólico. Entrañable porque demuestra que la necesidad de comunión sigue viva. A pesar de todos los pronósticos, continuamos buscando ocasiones para compartir símbolos, narraciones, alegrías y derrotas. Pero también melancólico porque muchos de esos momentos son extraordinarios precisamente porque ya no son ordinarios. Nos emocionan porque aparecen allí donde la vida cotidiana ha dejado de ofrecer espacios semejantes. Es como si hubiéramos derribado las paredes de la casa y ahora intentáramos calentarnos durante unas semanas alrededor de una hoguera televisada.
Y, sin embargo, la lectura más interesante no es la nostalgia, sino la esperanza. Continuamos buscando una forma de pertenencia capaz de ensanchar el estrecho perímetro del yo.
A lo mejor por eso millones de personas permanecerán las próximas semanas pendientes de una pantalla. No porque les interese únicamente quién levantará una copa, sino porque, durante noventa minutos, experimentarán la sensación de participar en una historia compartida.
Tal vez por eso el fútbol sigue despertando tantas pasiones. Porque el ser humano puede dejar de cantar himnos durante cuatro años. Lo que no puede dejar de buscar es un lugar donde no sentirse extranjero en su propia vida.
Y tal vez la gran pregunta no sea quién ganará el campeonato, que esperamos, por supuesto, sea España. La pregunta es si, cuando el torneo termine y las banderas regresen a los cajones, encontraremos un lugar donde seguir pronunciando, sin impostura, una de las palabras más difíciles de nuestro tiempo: nosotros.