Tribunas

León XIV. Dios sueña con nosotros (II)

 

 

Ernesto Juliá


El Papa León XIV preside la celebración de la
Santa Misa multitudinaria, a 12 de junio de 2026,
en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife.

Foto: Germán L. Maymo/ACFI / Europa Press

 

 

 

 

 

La segunda persona que expone su caso ante León XIV es una mujer que ha luchado con una depresión profunda que le ha llevado a vivir –son sus palabras- “una oscuridad, aislamiento y un dolor inmensurable. A veces, este dolor es tan abrumador que la idea de desaparecer parece la única salida. Luché por salir de esta enfermedad, en silencio durante años, y una noche de viernes perdí la batalla e intenté quitarme la vida. Estoy aquí porque Dios me dio una segunda oportunidad, y le estaré eternamente agradecida”.

Apenas termina de manifestar la profunda depresión que ha vivido, y agradecer a Dios esa “segunda oportunidad”, pregunta al Papa:

“Le pregunto de todo corazón: ¿dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más? ¿Cómo podemos confiar en Dios, cuando parece que nada, ni uno mismo, vale pena?

León XIV abre su corazón quizá con el deseo de que esta mujer abra el suyo y descubra a Cristo sufriendo con ella, y animándola a resucitar con Él. (los textos en cursiva son palabras del Papa).

“Frente a las situaciones más difíciles y dolorosas, cuando Dios parece ausente debemos confiarle una vez más las cargas que llevamos en el corazón, incluso gritándole a Él, incluso protestando como Job, seguros de que de algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla”.

Y después de recordar la angustia y el dolor “las horas de oscuridad, de angustia y de dolor que vivió Jesús cuando se acercaba la hora de su muerte”, añade:

“En esos momentos, podemos pensar instintivamente que también Dios nos haya abandonado. Pero la Cruz de Jesús nos dice que Dios no nos abandona, que Él sigue crucificado por nosotros en el momento del dolor y de la soledad externa, que Él recoge no sólo nuestras lágrimas, sino el grito de nuestro sufrimiento que otros no escuchan, un grito que Jesús hizo suyo en la Cruz, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

El Señor en Getsemaní y en el Calvario, nos manifiesta el infinito Amor que nos tiene, y nos enseña que sólo llegaremos a descubrir esa hondura de su Amor, si le acompañamos en el sufrimiento. Si al contemplarle crucificado ofreciéndonos la redención de todos nuestros pecados, y removiendo nuestra alma al arrepentimiento, ofrecemos nuestros dolores, nuestros sufrimientos a los suyos acompañándole a llevar Su Cruz Redentora.

En las horas de dolor, al menos en cuanto sea posible, debemos abrirnos a alguien que nos ayude a expresar una oración sencilla, que nos acompañe con discreción sin la prisa de explicarnos ese dolor, que nos tome de la mano y nos haga salir de ese grito.”

Ese alguien es el mismo Cristo. El Papa parece estar invitando a esa mujer a descubrir el sufrimiento del Señor en la Cruz, y a unirse con Él, viviendo sus sufrimientos en Cristo, por Cristo, con Cristo, como de alguna manera hizo el buen ladrón:

“Dimas fija su mirada en Quien está apunto de exhalar el último suspiro, y eleva su espíritu a las alturas de la Cruz. A las alturas de Dios, descubriendo el esplendor de la Resurrección. “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino” “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

“Jamás en la tierra se había oído, ni se oirá, un diálogo tan breve, y tan penetrado de sentido y de inmensidad, entre el Amor de Dios y la miseria del hombre. El encuentro en la Cruz del Hijo de Dios hecho hombre con el hombre pecador, que clama por su misericordia” (Con Cristo en el Calvario, pág. 72)

“Estas experiencias ofrecen un mensaje también a nosotros creyentes. A toda la Iglesia: no debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante”.

¿Sueña Dios con lo que ha querido recomendar León XIV a esa mujer que, de la mano de la Santísima Virgen, una sus dolores y sus sufrimientos a los de Cristo y tenga así la alegría de acompañar al Señor en su muerte en la Cruz, y gozar ya de la alegría de la Resurrección?

 

(continuará).

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com