Tribunas
16/06/2026
Primero el amor, después la técnica
Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.
Fuegos artificiales tras la bendición de la Torre de Jesucristo
por parte del Papa León XIV.
Foto: Alberto Paredes / Europa Press

A veces uno oye una frase que parece amable, que da la impresión de estar ahí para adornar un discurso y, cuando la escucha de verdad, descubre que lleva dentro una impugnación entera. «Primer l’amor, després la tècnica», dijo Gaudí. La frase parece sencilla, pero en realidad pone en cuestión uno de los dogmas más asentados de nuestro tiempo: la creencia de que el hombre se salva por el procedimiento, de que puede darse a sí mismo aquello que no se ha dado.
Y es que hemos invertido el orden con una docilidad casi reverencial. Primero la técnica, el cálculo, la destreza. Y luego, si aún queda margen para lo que no cotiza, ya vendrán el cuidado, la vocación, incluso el amor, que es la palabra que más nos cuesta pronunciar sin rubor porque sospechamos que compromete demasiado. O porque hemos aprendido a degradarlo, a presentarlo como una debilidad del ánimo, una concesión sentimental para almas blandas.
Pero el amor del que hablaba Gaudí no es una efusión del carácter ni un temblor emocional. Es una forma de conocimiento. Amar algo —una tarea, una obra, un lugar, una persona— implica reconocer que encierra una verdad que no inventamos. Quien ama se toma la realidad lo bastante en serio como para no reducirla a sus deseos ni utilizarla a capricho.
Por eso el amor no rebaja la exigencia de la técnica: la vuelve más justa.
Ahora bien, conviene evitar un malentendido. Nadie quiere ser operado por un cirujano lleno de buenas intenciones e incapaz de manejar un bisturí. Tampoco levantaríamos una catedral confiándola a quien se conmueve con la belleza pero ignora las leyes de la gravedad. La cuestión no es elegir entre amor y técnica. Se trata de discernir cuál de los dos ocupa el lugar de criterio y cuál el de instrumento.
La técnica, dejada a solas, tiende a volvernos soberbios. Nos insinúa que si algo es posible nos pertenece o que controlarlo basta para comprenderlo. Pero el hombre no es grande por ser capaz de transformar el mundo —eslogan irritante, no tanto por manido como por falso—, sino por ser capaz de recibirlo. Hay una humildad originaria en toda obra humana valiosa: la de quien comprende que no crea desde la nada, que trabaja con algo dado, con una materia, una herencia, un significado. El artesano, el arquitecto, el profesor, el político, el médico, la madre… fracasan cuando se comportan como dueños de aquello que sólo les ha sido confiado.
Un médico puede dominar los protocolos más sofisticados y seguir tratando a sus pacientes como simples casos clínicos. Y puede ocurrir también lo contrario: que el conocimiento técnico sea precisamente la forma concreta que adopta su cuidado. Quien ama una profesión y se preocupa por sus pacientes estudia más, afina más y se vuelve más exigente consigo mismo.
Quizá por eso las obras grandes no son las que exhiben poder, sino las que transparentan obediencia. No obediencia servil, sino una fidelidad fértil. La piedra, la ley, la educación, la palabra, hasta el dolor ajeno tienen una forma justa de ser tratados. Y esa forma justa no la enseña la técnica. La técnica enseña a hacer; el amor enseña para qué, hasta dónde y al servicio de quién.
Nos han repetido tanto que el amor ciega —otro de esos lugares comunes que pasan por verdad— que ya casi nadie se atreve a decir lo contrario. Y, sin embargo, el amor verdadero afina la mirada. Hace que uno vea matices que el eficiente no percibe y límites que el impaciente desprecia. El que ama no trabaja peor; trabaja con una seriedad superior, porque sabe que lo que tiene entre manos puede ser servido o traicionado. El amor no compite con la inteligencia; la libra de su peor tentación, que es confundirse con el poder.
Esta es, en el fondo, la cuestión. De ahí que no extrañe que, durante la visita de León XIV a la Sagrada Familia, «primero el amor, después la técnica» haya reaparecido como colofón de un homenaje que no sólo recordaba a un arquitecto genial, sino una determinada manera de comprender lo humano.
Si sólo somos una voluntad organizada o un deseo dotado de recursos, bastará con perfeccionar los instrumentos. Pero si somos criaturas llamadas a responder a un bien que no nos damos a nosotros mismos, entonces la técnica será necesaria, sí. Honrosa, sin duda. Admirable, también. Pero secundaria.
Gaudí no hablaba, por tanto, como un ingenuo que despreciara el oficio. Al contrario. Sólo alguien profundamente exigente con la materia y con la forma podía atreverse a establecer esa jerarquía. Yo al menos entiendo así su frase: que la perfección no empieza en la mano, sino en la mirada; que antes del dominio debe haber respeto; que sólo merece construir quien ha aprendido antes a agradecer.
No se levantan catedrales porque alguien sepa mucho de pesos y proporciones, aunque también haga falta saberlo. Se levantan porque alguien ha comprendido que la belleza no es un lujo, sino una forma de justicia. Que el hombre necesita signos visibles de una promesa, no sólo refugios funcionales. No es casual que la Sagrada Familia aspire a ser el templo más alto del mundo sin sobrepasar Montjuïc. Gaudí no quiso que la obra del hombre aventajara a la obra de Dios. También en eso hay una lección de jerarquía, de humildad y de verdad.
Tampoco el cristianismo ha despreciado nunca la materia; la toma tan en serio que se atreve a decir que Dios mismo quiso entrar en ella. La Encarnación es la refutación más profunda tanto de toda espiritualidad desencarnada como de toda técnica convertida en ídolo. Ni el mundo es un mecanismo sin sentido ni el hombre un ingeniero soberano arrojado sobre una materia muda. La humanidad está herida, sí, pero también habitada.
Quizá por ello la frase de Gaudí siga sonando tan subversiva.
«Primero el amor, después la técnica». No es una consigna amable, sino ley para una civilización bien entendida. Porque una época puede alcanzar cotas prodigiosas de precisión y seguir siendo profundamente tosca; puede dominar materiales, cifras y lenguajes y no edificar nada. Se puede tocar el cielo con máquinas y, sin embargo, perderlo de vista.
Al final, sólo el amor nos pone de rodillas ante lo que no hemos creado. Y esa genuflexión interior, cada vez más extraña para el hombre moderno, es el comienzo de una obra verdaderamente humana.