Tribunas

León XIV. Canto a la vida humana

 

 

Ernesto Juliá


León XIV en la Vigilia con los jóvenes en Madrid.
Foto: Gabriel Luengas / Europa Press

 

 

 

 

 

El paso de León XIV por las calles y las plazas de Madrid no ha sido, sencillamente, un “momento histórico” de especial relieve; un acontecimiento más en una ciudad preparada para vivir cualquier situación. Ha sido un canto a la Vida, a la vida humana, sobrenatural y social de todos los ciudadanos de cualquier nación del mundo.

Su Discurso en el Parlamento es una reflexión que, en mi opinión, los hombres y las mujeres que quieran dedicarse a servir a una nación desde cargos políticos de gobierno, deberían meditar y reflexionar de vez en cuando, a lo largo de todo su mandato. (Todos los textos en cursiva están recogidos del discurso del Papa en el Parlamento español).

Lo primero que ha recordado a los gobernantes, y a todos los ciudadanos, es la “dignidad de la persona humana”; y para eso se vale de unas palabras que Cervantes proclamo en las páginas del Quijote: “la libertad...es una de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Sitúa, de entrada, la relación de Dios con los hombres, y de los hombres con Dios.

Relación que el Hijo de Dios, Jesucristo, Dios y hombre verdadero, manifiesta con unas palabras muy claras y precisas: “no he venido a ser servido, sino a servir; y a dar mi vida en redención de muchos” (Mt 20, 28). Y sobre esta relación descansa la “dignidad inviolable de la persona humana”.

“Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (...). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre”.

 

Y prosigue el Santo Padre:

“Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades?

La historia no deja lugar a dudas. La dignidad de la persona comienza en el preciso instante en que ese nuevo ser humano es concebido; y los biólogos son bien conscientes que el ser humano comienza a vivir su vida como ser humano, en el instante en el que el espermatozoide del hombre fecunda el óvulo de la mujer.

¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?

Si un gobierno no organiza las cosas, también las leyes, para defender a un no nacido, y otorga el “derecho de matar” a alguien, está mostrando a la sociedad el camino más breve para “suicidarse”. El suicidio ¿es parte del bien común? ¿es parte del servicio que los gobiernos deben dar a los ciudadanos? Hace falta ser loco, o ser malvado, para dar una respuesta afirmativa a estas preguntas.

La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia.

Alguien dice: “la libertad de la mujer está por encima de todo, y puede hacer con su cuerpo lo que quiera”. La criatura que está en su vientre no es su cuerpo. No es ella misma. Tiene propia vida independiente y, a la vez, dependiente, es cierto, pero no es ella. Es fruto de una colaboración que Dios –que la ha creado- le pide para seguir su anhelo de crear seres humanos a “su imagen y semejanza”.

Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona.

Reconozco que me conmovió. Una madre de 39 años, que estaba llevando con algunas dificultades su séptimo embarazo. Ya estaba entrando en el noveno mes, y el dormir y el descansar se le hacía muy cuesta arriba. Notaba la ayuda que recibía de la Virgen María para llevar a adelante el peso de la criatura; y el cariño de su marido y de sus hijos para no dejarla nunca sola.

Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.”

Y entre esas vidas de “mayor fragilidad” ocupa el primer lugar la vida del concebido que todavía no ha salido del vientre de su madre, y que ya está vivo en el  Corazón de Dios y en el corazón de su madre.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com