Tribunas

El clériman de Sánchez Adalid

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Jesús Sánchez Adalid.

 

 

 

 

Hay dos entrevistas recientes de interés que, por unas razones u otras, no deben pasar inadvertidas. Me referiré solo una de ellas. La otra es la de Carlos Alsina a Iván Redondo del viernes que, para los muy cafeteros de la política y del interés humano no tiene desperdicio.

Aimar Bretos, en su nuevo programa de la Sexta, llamada en determinados ambientes La Secta, -aunque no parece que esto interpele mucho a determinados obispos-, le hizo la pasada semana una pequeña derivada al sacerdote y escritor Jesús Sánchez Adalid.

Iba Sánchez Adalid, como se puede ver por algunos planos, a hablar de su libro, o de sus libros, cuando el alzacuellos, el clériman, se convirtió en la estrella de la noche. Porque este afamado novelista se presentó en el psicodélico plató de la Sexta vestido de cura, con lo que ni libros, ni escritor, ni nada. La Iglesia, el sacerdocio, los pecados y las confesiones.

Es un lugar común en la relación Iglesia, clérigos y televisión que el alzacuellos es un potente imán televisivo. Máxime en estos tiempos de contraste entre líquidas identidades y pretensiones de configuración de identidad.

Por cierto, que las nuevas generaciones de sacerdotes lo usan con toda naturalidad, aunque no voy a entrar a valorar si como parapeto, carta de presentación o forma real de una oferta de sentido al otro, que de todo habrá.

Lo que está claro es que esa entrevista de la Sexta, en la que estaba hasta le filósofo Vico, en algunos casos tertulia, no se hubiera desarrollado como ocurrió si el invitado no hubiera vestido como sacerdote.

Ustedes pueden comprobar que no se lo pusieron fácil a Sánchez Adalid. Se podría decir que, en la mesa de la entrevista, con esa amabilidad íntima propia de un late night, los contertulios, exponentes de una cultura postmoderna, intentaron, con los típicos tópicos al uso, dejar a la Iglesia, y a su representante, a los pies de la audiencia. No se trataba de ridiculizar. Se trataba de algo peor, la imagen de la iglesia como una institución pasada del pasado, que no tiene nada que decir en el presente.

Tuvo el acierto Sánchez Adalid de combinar la rapidez de respuesta, por ejemplo, nada más arrancar el programa, con la agustiniana tranquilidad de orden y con no poca capacidad, como buen novelista, de hablar como si estuviera escribiendo.

No voy a decir que en sus respuestas ficcionara. Pero lo parecía. Por lo tanto le dio a la conversación un tono de la ficción antesala del misterio. Y así desarmó a los interlocutores.

¿Es este Sánchez Adalid el mismo que escribió “El Mozárabe”? No lo sé.

Lo que me pregunto es la razón por la que este sacerdote y escritor, que nunca ha dejado de ser sacerdote y que siempre es escritor, pasa, en ambientes eclesiales, demasiado desapercibido. No hay sacerdote novelista de mayor éxito en todo el mundo, me atrevería a decir. Y ahí está, como si pasara desapercibido, excepto para La Sexta, que no es poco.

 

 

José Francisco Serrano Oceja