Tribunas
05/05/2026
La fuga espacial
Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.
Hay quien cree que el futuro consiste en mudarse. No mudarse de hábitos (ese traslado ya lo hemos hecho), sino de planeta, una fantasía que ahora se viste con el uniforme de algunos oligarcas tecnológicos y con el de quienes confunden gobierno con negocio… o con escaparate.
Últimamente se habla del espacio con la confianza con que, en otro tiempo, algunos se hacían a la mar en busca de nuevos mundos: como si allá arriba nos esperara una segunda oportunidad, con sus tesoros y tierras vírgenes. Es muy interesante (y necesaria) la investigación científica —ahí están la NASA o la ESA, que no pretenden mudanzas sino conocimiento—. Y no es novedoso querer hacer caja donde y como sea. La curiosidad es noble; la caja, previsible. Pero en la frase «cuando podamos vivir en otro planeta…» hay una renuncia: la de quien sueña con abandonar la conversación en lugar de aprender a sostenerla.
Porque, si no sabemos habitar este mundo —con su barro y su prójimo—, ¿qué nos hace pensar que sabremos habitar otro? Lo difícil de la Tierra no es su física, ni siquiera —del todo— su clima o su economía, sino el hecho elemental de que aquí vivimos con otros. Y eso, claro, no se resuelve con un cohete.
Por eso el problema no es la ciencia que, bien entendida, es una forma de humildad: acepta límites, mide, corrige, vuelve a empezar. Y, además, exige justo lo que la fantasía evita: cooperación sostenida, acuerdos, trabajo en equipo. Cada avance espacial —cada misión que mira lejos— depende de esa red invisible que funciona.
En estos años hemos vuelto a ver misiones que miran a la Luna con una ambición sana. Eso es estupendo, no porque nadie prometa una segunda Tierra, sino porque recuerda que el ser humano es capaz de mirar lejos sin dejar de ser responsable cerca.
Y, sin embargo, el mito que más circula hoy no es el del astronauta que vuelve, sino el del ciudadano que «se va». Esa mudanza, a diferencia de las epopeyas, no nace del asombro, sino del cansancio. Y dudo que funcione, porque uno puede mudarse de hemisferio o de órbita y seguir siendo el mismo hombre que no sabe pedir perdón.
Y es que el mundo no es un dispositivo: es un hogar. Y un hogar se mejora habitándolo. El cohete está muy bien, pero no la idea de que la vida es reemplazable. Esa idea ha saltado de los objetos a las relaciones, de las relaciones a los trabajos, y ahora pretende saltar del suelo a la estratosfera.
Por eso produce escalofrío la imagen de «colonias» espaciales dibujadas como cúpulas impecables con aire medido y temperatura programada. Se nos vende como futuro una versión tecnificada del deseo de vivir sin roce y sin historia.
La gran ironía de la fuga espacial, sin embargo, es que lo que construimos «arriba» depende de una coordinación gigantesca «abajo»: centros de control, cadenas de suministro, ingeniería compartida, calendarios, acuerdos. El cohete que se lanza es la suma de miles de lealtades pequeñas, que es, justamente, lo que nos falta sostener, a menudo, en lo cotidiano.
Entonces, tal vez, la gran aventura no esté en Marte, sino en aquello que hemos vuelto invisible. Se dice «la Tierra» como quien dice «lo de siempre», y «lo de siempre» es una mesa que nos reúne, una calle donde alguien puede pronunciar tu nombre, comer pan cada día.
No se trata de defender el inmovilismo, entiéndase esto también. Se trata de recordar que el futuro no mejora por cambiar de escenario, sino por cambiar de actitud. Tal vez el progreso más urgente no esté en otros universos, sino en el rellano de tu escalera o con tus compañeros de despacho.
Al final, es lo de siempre. El problema no es que miremos al cielo, sino que no miremos al otro. Y quizá la forma más sensata de prepararnos para cualquier viaje —incluso para el más improbable— sea aprender primero a habitar donde estamos. Porque es ahí, y no en otro planeta, donde, con un poco de virtud, todavía ocurren cosas extraordinarias.