Tribunas

Resurrección, habla un discípulo

 

 

Ernesto Juliá


La Resurrección del Señor.

 

 

 

 

 

Cuando Cristo llegó al Calvario cargado con la Cruz, yo estaba con un pequeño grupo de Apóstoles. Desconcertados con lo que estaba ocurriendo merodeábamos, sin horizontes y algo perdidos, por las laderas del monte.

Nos alejamos un poco del lugar donde los soldados habían ya preparado las tres cruces, y levantado una de ellas con el cuerpo de uno de los ladrones.

Las palabras que Cristo nos había dicho cuando estábamos todavía en Galilea, resonaron en mis oídos y allá en el fondo de mi alma:

“El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, pero al tercer día resucitará (Mt. 17, 22).

No las entendí entonces; y para mí seguían siendo incomprensibles. ¿Si era el Mesías, cómo podía morir? ¿Los tres años que le habíamos acompañado por Judea y Galilea habían sido un sueño, o peor, un engaño? Y preguntas más insidiosas asaltaron mi cabeza, cuando llegaron a mis oídos, los martillazos que lo clavaban a su cruz. ¿Cómo permitía todo ese espectáculo siendo Dios, y habiendo dicho: “el Padre y Yo somos una misma cosa”; y, “quien me ve a mí, ve al Padre?

Sin saber muy bien que hacíamos, y como llevados por unos espíritus, paso a paso, nos acercamos al lugar de las cruces. No entendí unas palabras que acababa de pronunciar, y le pregunté a una mujer que estaba sollozando. Su repuesta me dejó helado: “Ha levantado la cabeza y ha dicho: “Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen”.

Cuando la mujer terminó de hablar, estallé en llanto. Miré a mi alrededor, y sorprendido, reconocí los rostros de algunos que habían vivido la última multiplicación de los panes y de los peces: estaban todos vociferando contra Cristo; insultándole y diciéndole que se bajase de la Cruz, y creerían en Él; y se reían a carcajadas.

Yo me ofrecí para ayudar a los Apóstoles en la distribución de los panes que les dio Jesús; y cuando terminamos de alimentar a la muchedumbre, ayudé también a recoger lo que había sobrado. ¿Cómo era posible que los mismos que se alimentaron del milagro, gritasen ahora de esa manera?

Un pensamiento que llenó de oscuridad mi mente me cruzó la cabeza: ¿Habría hecho todos los milagros de acuerdo con los demonios, como dijeron los escribas y los fariseos? Y recordando enseguida la curación del ciego de Jericó, mi alma se llenó de tristeza y lástima de mí mismo.

Me separé del grupo, y me acerqué hasta donde me permitieron los soldados. Levanté la mirada hasta el rostro del Señor.

Cuando le oí exclamar ¿Padre, por qué me has abandonado?, se doblaron mis piernas, caí al suelo, y así permanecí un tiempo que se me hizo una eternidad. Me levanté y me di cuente de que todo su cuerpo goteaba sangre. Su respirar anunciaba una muerte cercana. Los insultos de algunos escribas y fariseos, se mezclaban con palabras despectivas invitándole a resucitar si de verdad era Dios.

Miré a mi alrededor: estaba solo. María, su Madre, seguía al pie de la cruz acompañada de Juan y de algunas mujeres. No me atreví a acercarme a Ella; y poco a poco, la oscuridad fue llenando mi espíritu. Una oscuridad que me impedía hasta llorar.

“En tus manos encomiendo mi espíritu”.

Su voz fuerte me sorprendió ¿En qué rincón de su alma había encontrado la fuerza para lanzar esa exclamación? Aturdido, y con los ojos cerrados, dije: “Y yo, Jesús, dejo en tus manos lo que queda de mi espíritu””. Y me fui apenas me di cuenta de que estaba muerto.

Pasé en vigilia las horas que transcurrieron desde ese momento de la tarde del viernes, hasta las primeras horas del domingo. ¿Resucitará?, me preguntaba, acordándome de sus palabras.

Apenas amanecido el tercer día, me puse a caminar por las calles de Jerusalén. Quería llegar al sepulcro donde habían dejado el cuerpo muerto de Jesucristo, y ver lo que pudiera haber ocurrido. Me encontré con un pequeño grupo de mujeres que me dijeron que habían visto a Jesús, que les había dicho que anunciaran a Pedro y a los Apóstoles que lo habían visto.

Me quedé parado, en espera de ver qué podía suceder.

Al poco rato, volvieron acompañadas de Pedro y de Juan. Se acercaron a sepulcro y vieron que estaba vacío. No creyeron que hubiera hablado con las mujeres - ¿habrían visto a un fantasma? - y volvieron a reunirse con los demás Apóstoles. Temblando todo mi cuerpo, les seguí un poco alejado de ellos. Y me encerré en casa.

Las primeras noticias de la Resurrección me dejaron un poco desconcentrado.

¿Sería verdad?, me preguntaba lleno de nerviosismo. Al fin me decidí a buscar a los Apóstoles y salir de dudas.

Me dijeron que la primera vez que lo vieron no estaba Tomás con ellos; y que, cuando se lo contaron, Tomás no les creyó. Jesús volvió a reunirse con ellos, y esta vez estaba también Tomás. Y el mismo Tomás me contó cómo había temblado todo su ser cuando le dijo al Maestro: “Señor mío; y Dios mío”.

Volví a casa caminando muy despacio; abriendo mi alma a la nueva realidad que daba sentido a toda mi vida, a toda la creación, a todo sufrimiento y alegría que pudiéramos vivir todos los mortales. ¡Cristo ha resucitado!

Y me dormí diciéndole a Jesús: Señor, en verdad, Tú eres el Camino, la Verdad, la Vida.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com