Tribunas

La máquina no sueña

 

Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.


La máquina no sueña.

 

 

 

 

 

 

Europa se afana estos días en delimitar la inteligencia artificial cuando su naturaleza se resiste a las lindes. Se redactan normas, se afinan conceptos, se multiplican los comités. Todo parece bajo control. Ahí están, por ejemplo, los debates en Bruselas sobre la aplicación de la nueva normativa y, al mismo tiempo, las discusiones en universidades o despachos profesionales sobre cómo convivir con sistemas que ya redactan informes jurídicos, filtran currículums y corrigen exámenes.

Aun así, ese aire de diligencia administrativa apenas roza la altura del problema. Los expertos hablan mucho de riesgos, aunque poco de pérdidas. Enumeran peligros técnicos, como los de la puntuación social o la vigilancia biométrica masiva, que la regulación europea busca contener con criterio, pero evitan nombrar el vértigo. Tal vez porque hacerlo exigiría una confesión incómoda: no temer tanto a las máquinas como a la imagen que nos devuelven de nosotros mismos. Una imagen más eficiente, sí, pero también más plana.

Durante siglos, la humanidad se definió por aquello que la separaba del resto de la creación, esto es, su capacidad de pensar y crear con sus manos. De pronto, surgen sistemas que escriben, pintan, calculan y responden con una eficacia que roza la perfección. Un estudiante puede pedir un ensayo ya estructurado; un periodista, generar un borrador en segundos; un abogado, apoyarse en modelos que anticipan sentencias. Todo ello sin distracciones ni necesidad de café. Y, sin embargo, sigue habiendo alguien que reformula una frase tres veces sin saber muy bien por qué, que duda entre dos palabras, que borra más de lo que escribe. No es más eficiente, pero quizá ahí esté todavía lo importante.

Porque lo humano nunca ha sido la perfección, sino la fisura. No la exactitud, sino el temblor. Hay más verdad en una frase torpe que en mil párrafos impecables si en esa torpeza late una vida. Y hay más hondura en una duda sincera que en una certeza automática.

Sería absurdo negar que la IA ahorra tiempo, reduce errores en tareas repetitivas o permite avances médicos y científicos muy concretos. De hecho, esto último hay que reconocerlo y aplaudirlo. Gracias a ella se detectan enfermedades antes, se optimizan tratamientos y se aceleran investigaciones que hace una década parecían imposibles. Tampoco estaría de más reconocer que puede amplificar pensamientos humanos complejos, una posibilidad que convive con otra realidad menos halagadora: la de que, por nuestra cuenta, llevamos mucho tiempo produciendo cantidades ingentes de contenido banal, repetitivo o innecesario. La máquina no inventa esa superficialidad; en muchos casos, simplemente la escala.

Quizá la inteligencia artificial no esté inaugurando una nueva era, sino haciendo visible una renuncia que ya venía de antes; tal vez la fascinación que despierta no nace tanto de su poder como de nuestra fatiga: cansancio de escribir un correo sin ayuda, de empezar un texto desde cero, de decidir, de razonar, de sostener el propio criterio. La cuestión, entonces, no es rechazar la tecnología, sino vigilar hasta qué punto nos seduce la idea de ceder no solo el trabajo, sino también el esfuerzo de pensar, el riesgo de equivocarnos, incluso la vulnerabilidad de sentir.

Se dirá que es una exageración, que la tecnología siempre ha despertado temores infundados, que esto no es más que una herramienta. Sí… y no. El problema nunca ha sido el martillo, como tampoco ahora lo es el algoritmo, sino la tentación de ver el mundo entero como un clavo, o de vivir como si todo pudiera reducirse a un algoritmo.

Tal vez el debate no debería centrarse tanto en lo que las máquinas pueden hacer, sino en lo que nosotros estamos dispuestos a dejar de hacer sin darnos cuenta.

Porque la IA puede escribir un poema correcto, responder con amabilidad, incluso imitar una vacilación. La diferencia radica en que la máquina no sueña. La pregunta es si nosotros seguimos dispuestos a hacerlo cuando nadie nos obliga.