Tribunas
09/02/2026
Recuperar la confianza en los obispos
José Francisco Serrano Oceja
No hay día que no nos despertemos con un texto periodístico, por no citar las redes sociales, en el que un autor, más o menos conocido, escriba un artículo sobre las decisiones últimas de determinados obispos españoles.
Podría poner varios ejemplos significativos. No estoy hablando, por cierto, de los columnistas, ni de los medios, que habitualmente abordan este tipo de temáticas entregados al pim pam pum. Me refiero a quienes, hasta ahora, no había visto entrar en estas lides. Pongo el ejemplo de mi admirado José Luis González Quirós, uno de los filósofos españoles más originales de los últimos tiempos, al que lo eclesial le importaba hasta ahora, creo, bien poco en sus manifestaciones públicas.
Dos cuestiones me parece principalmente que han hecho que se genere este clima hacia los obispos. Una, el “affaire” del Valle de los Caídos, especialmente sensible para un sector del catolicismo, nada minoritario.
Quizá la cuestión que tenga más trascendencia sea la del apoyo de la Conferencia Episcopal a la regularización de inmigrantes. Es decir, lo que tiene que ver con las migraciones y los inmigrantes.
Es cierto que la desafección, que es negación del afecto, a los obispos, por parte de determinados sectores del catolicismo, es en España un fenómeno antiguo. El siglo XIX nos da muchas lecciones al respecto.
Pero la actual desafección tiene algunos matices novedosos. Durante los pontificados de san Juan Pablo II y de Benedicto XVI, en el interno de la Iglesia, existía una desafección hacia lo episcopal desde los sectores más, llamémosles, progresistas. Una desafección que se traducía en hacer oídos sordos. Este síntoma se expresaba, con cierto miedo, en determinados ámbitos de lo publicado.
Ahora ese distanciamiento no está sólo en los ámbitos de la publicitación, está en la calle, en el Pueblo de Dios, y en sectores eclesiales, diríamos, conservadores.
Las raíces de la desafección pueden ser múltiples. Desde la sorpresa y el descontento mismo por los perfiles de obispos nombrados hasta un proceso de ideologización de la fe, pasando por una forma expresiva de secularización interna de las conciencias.
La desafección genera desconfianza. En un momento de expresiva desconfianza, que se ve claramente si echamos mano de análisis demoscópicos, en la Iglesia, entre otras cuestiones causada por los casos de pederastia, quizá lo prioritario es crear nuevos ámbitos de confianza. Confianza también en los obispos.
La Real Academia Española define la confianza como “esperanza firme que se tiene de alguien o algo”. Confiar significa “depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa”.
En la sociología del conocimiento se define la confianza como “un estado psicológico que comprende la intención de aceptar la vulnerabilidad basada en expectativas positivas de las intenciones o el comportamiento de otra persona”.
Cuando hablamos de confianza siempre estamos hablando de expectativas. Francis Fukuyama describía el concepto de la siguiente manera: “La confianza es la expectativa que surge en una comunidad con un comportamiento ordenado, honrado y de cooperación, basándose en normas compartidas por todos los miembros que la integran”.
Hay quienes, y no descarto que en todos los niveles de la jerarquía, han apostado por el control en vez de por la confianza. El control suele ser síntoma de una inseguridad implícita.
No creo que haya que hacer nada extraordinario, más allá de lo propio, para crear nuevos ámbitos de confianza en la Iglesia. Da la impresión de que si cada uno cumple su misión, sin sorpresas, sin excesivas originalidades, sin subterfugios, sin agendas ocultas que se manifiestan con el tiempo, se podrá recuperar pronto la confianza mutua.
Si algo tiene la autoridad, desde el punto de vista de la clásica definición de “todo saber socialmente reconocido”, es que generaba confianza. Quizá la cuestión sea que ahora lo que hay es poder y no autoridad.
La confianza proviene también de la coherencia. Es necesaria para la credibilidad de los testigos del Evangelio de la confianza.
José Francisco Serrano Oceja