Tribunas

Iglesias cerradas

 

 

Ernesto Juliá


Santa Iglesia Catedral de Huelva.

 

 

 

 

 

Once y media de la mañana. Después de resolver una serie de cuestiones, quise acercarme a una iglesia para darle gracias personalmente a Jesús Sacramentado, y rogarle a la Virgen, que me iluminara un poco para una charla que tenía que dirigir a varios profesores universitarios.

Después de moverme con el coche y de caminar un rato, pasé por delante de tres iglesias, pero no pude llevar a cabo mis buenos propósitos: los tres templos estaban cerrados.

No es raro el mes en el que nos enteramos de un asalto a alguna iglesia, de los destrozos de imágenes sagradas de la Virgen o del mismo Señor, de los sacrilegios cometidos contra los Sagrarios y contra las Formas Consagradas que se guardaban en su interior, etc.

Ante esas situaciones, es comprensible que los párrocos y los sacerdotes que se ocupan de mantener el culto en los templos, tomen las medidas oportunas para evitar esos ultrajes al Señor.

Y, a la vez, todos los fieles cristianos necesitamos buscar a Jesucristo, poder abrirle el corazón en cualquier momento del día sabiendo que está presente en la Eucaristía, con “su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y su Divinidad”. El Señor sabe muy bien que la soledad puede hacernos mucho daño; y consciente de que necesitamos verle y tocarle, como aquella mujer del evangelio, ha querido quedarse con nosotros, a nuestra plena disposición.

Nosotros le hemos preparado una casa, para que siempre encuentre un lugar “donde reclinar Su Cabeza”: el Sagrario. Y nosotros podamos ir a hacerle compañía.

Las iglesias no quieren estar “cerradas”; y tampoco quieren convertirse en “museos”, que viene a ser otra manera de cerrar los templos, construidos para renovar la Fe de los cristianos en presencia de Cristo Eucaristía, de fortificar la Esperanza, ante Dios y hombre verdadero; y crecer siempre en Caridad, en Amor, ante Cristo que da su vida por nosotros, y se hace Eucaristía, para que nos alimentemos con su Cuerpo y su Sangre.

Al encontrarme con las tres iglesias cerradas, he recordado unas palabras del entonces cardenal Ratzinger, de las que saque una ficha hace ya algunos años:

“Allí (en el templo) siempre está el Señor. La Iglesia no es sólo el espacio en el que muy temprano sucedía algo puntualmente (la Santa Misa), mientras el resto del día permanecía vacío, “sin función”. En ese espacio sagrado de las iglesias siempre está la Iglesia, porque el Señor siempre se entrega, porque el misterio eucarístico permanece, y porque nosotros, al llegarnos a él, estamos incluidos siempre en el culto de la Iglesia entera que cree, ora y ama.

“Todos sabemos la diferencia que hay entre una Iglesia orante y una Iglesia que se convierte en museo. Hoy nos encontramos ante el grave peligro de que nuestras iglesias lleguen a serlo y que suceda con ellas como en los museos: si no están cerradas, las desvalijan”.

“Ya no hay vida allí. La medida de la vitalidad de la Iglesia, de su apertura interna, se manifiesta en que puede tener sus puertas abiertas, ya que es Iglesia en oración. Les pido a todos, de todo corazón, que tomemos nuevos ánimos para ello”.

“Volvamos a recordar aquello de lo que vive la Iglesia, que el Señor en Ella sale constantemente a nuestro encuentro”. (La Eucaristía, centro de la vida. Edicep. p. 98)

A veces nos podemos quejar de que Dios no nos escucha, que no nos hace caso. ¿Atravesamos siempre la puerta abierta de la iglesia más cercana a nuestra casa, conscientes de que nos espera Jesucristo, Dios y hombre verdadero?

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com