21.10.08

Todos los lectores conocerán ya, supongo, la noticia de que varias organizaciones proabortistas han estado repartiendo unas cajas de cerillas con la imagen de una iglesia católica ardiendo y el lema: la única iglesia que ilumina es la que arde. Como es lógico, la inmensa mayoría de las reacciones ante esta barbaridad han sido de rechazo, incluso pidiendo legítimamente que se tomen acciones legales contra ella.
Entiendo perfectamente esta actitud y, de hecho, la comparto, pero mi reacción instintiva al conocer la noticia fue algo distinta. Lo primero que me vino a la cabeza al oír esta frase fue: “totalmente de acuerdo”. Aunque yo escribiría la frase con una mayúscula más. No tanto la única iglesia que ilumina es la que arde, sino la única Iglesia que ilumina es la que arde. Es la Iglesia entera la que está llamada a arder y a consumirse en amor a Cristo y en preocupación por la evangelización de todos los hombres.
El mayor problema que tiene la Iglesia hoy, a mi juicio, es precisamente que no arde, que la mayoría de sus miembros vivimos en una tibieza permanente. Unos cristianos aburguesados, bien acomodados en su sillón no atraen ni entusiasman a nadie.
El Señor lo dejó muy claro: He venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que estuviera ya ardiendo. Si queremos que la tierra entera arda en el fuego del amor de Dios, la primera que tiene que arder con ese fuego es la Iglesia. ¿Qué es lo primero que uno asociaría con los cristianos de nuestro tiempo, el fuego evangelizador o la comodidad? Me temo que esta última. ¿Alguien se imagina, en cambio, a San Pablo tirado en el sofá viendo la televisión? El Apóstol de los Gentiles se dedicó, sin descanso, a prender fuego a la tierra con la Palabra de Dios, a ocuparse en lo que San Carlos Borromeo llamaba “los duros trabajos del Evangelio”.
Precisamente cuando se quema físicamente una iglesia cristiana, cuando los cristianos sufren persecución violenta, como sucede por desgracia en varios países del mundo como la India o Irak, las personas se convierten. El ejemplo de fe de los mártires, el perdón a los verdugos y la firmeza de la esperanza que no defrauda son milagros que no dejan indiferentes, que provocan la fe de quienes los presencian. Los perseguidores consiguen lo contrario de lo que buscaban: en vez de acabar con la Iglesia hacen que esta florezca y se renueve. Estoy convencido de que en España no se ha llegado a los extremos de descristianización de Francia u Holanda gracias a los mártires de la Guerra Civil, que supieron arder en el amor a sus enemigos, dando la vida por ellos y por amor a Cristo.
No hay que engañarse, cuando el Señor nos dijo “sois la luz del mundo“, sabía que para serlo teníamos que arder. Siguiendo su ejemplo, o el de San Pablo, que pudo decir sinceramente: gustosamente me gastaré y me desgastaré por vuestras almas.
Ninguno de nosotros, sin embargo, quiere quemarse. Es lógico y humano. La queja más común que se escucha en las parroquias es: “lleva tanto tiempo dando catequesis/ayudando en la liturgia/colaborando en Caritas que ha terminado por quemarse”. Pero si miramos nuestras vidas con los ojos de la fe, veremos que estamos llamados a quemarnos, a derramar generosamente nuestra sangre, a dar la vida por la salvación de todos los hombres. También por los abortistas y por los que odian a la Iglesia. Es más, especialmente por éstos, que Cristo no vino a salvar a los justos, sino a los pecadores.
Todo esto puede parecer excesivamente voluntarista, como si fuera nuestro esfuerzo humano el que puede conquistar el mundo, pero en realidad es lo contrario: es un regalo, una gracia. El fuego con el que tenemos que arder es un fuego divino, que viene de arriba. Es el Espíritu Santo, que se derramó en forma de lenguas de fuego sobre los Apóstoles en Pentecostés. ¿Se imaginaban unos años antes los Apóstoles que predicarían a gente de todas las naciones y serían entendidos por ellos? ¿Se habrían atrevido Saulo o Santiago a pensar que un día viajarían hasta los confines del mundo conocido anunciando una Buena Noticia? ¿Que habría dicho Cefas a quien le predijera que iba a dar su vida en la capital imperial y que su sangre consagraría la Urbe como centro de la Iglesia Universal? Si el Espíritu Santo hizo entonces esos milagros, igualmente puede hacerlos hoy en nosotros.Ése es el secreto. Si el fuego con el que ardemos viene del Espíritu Santo, podremos arder sin miedo. Como la zarza ardiente de Moisés, arderemos sin consumirnos; como el mismo Cristo podremos dar la vida y la recibiremos centuplicada. Se encenderá en nosotros la lámpara del banquete de bodas de las vírgenes prudentes y esa lámpara iluminará primero al mundo y arderá luego por toda la eternidad, reflejando el brillo de la Estrella de la Mañana, que es Cristo victorioso de la muerte.