07.09.08
Huellas de Dios
Volver a empezar sin olvidar a Dios

En nuestra vida, algunas veces alejada de Dios, podemos encontrar al Padre en muchas situaciones por las que pasamos. Por eso, podemos seguir sus huellas, las huellas de Dios, para que nos sirvan de guía, de encuentro y, muchas veces, de consuelo.Por tanto, estos pequeños relatos, pequeñas inspiraciones producidas por la presencia de Dios de forma firme y efectiva, son, precisamente, “Huellas de Dios” en nuestras vidas porque, en realidad, nosotros somos su semejanza y, como tal, deberíamos encontrar a nuestro Creador, sencillamente, en todas partes.
El de esta semana lleva por título:
“Volver a empezar sin olvidar a Dios“
Ahora que da comienzo, por decirlo así, un nuevo año escolar es, también, momento para recordar que, en materia de fe, también puede ser el momento de renovación de nuestra vida espiritual.
Y digo renovación porque, en muchas ocasiones, el verano supone una especie de parada que, para quien lo sea, no es sólo laboral. Además, de tal tipo de quedarse como esperando que llegue algo mejor también se ve aquejado el espíritu.
Por eso hemos de volver a recordar lo que somos (hijos de Dios) y tener presente que, por recaer en nosotros tal filiación, hemos de hacer honor a ella y no sentirnos liberados de lo que tal realidad espiritual supone.
Dios, como sabemos, no nos deja ni nos abandona. Es decir, que por mucho que hayamos relajado nuestra práctica de asistencia a las Eucaristías o a la oración (o ambas), siempre estamos en la posibilidad de retomar, ahora, de nuevo, nuestro camino que, desde nuestra alma, nos llevará al definitivo Reino de Dios.
La presencia de Dios en nuestras vida la podemos sentir, como es conocido por todo el que se diga descendencia suya y así lo sienta, en los quehacer ordinarios de nuestra vida, en nuestro prójimo al que tenemos la obligación grave de tenerlo como hermano, en la naturaleza creada por Dios… en todo.
En cuanto a lo que Dios es para nosotros, ni que decir tiene que es elemental y básico, recocerlo en nuestro corazón. Se hace ver, a través de los deleitosos sabores divinos que nos hace sentir en, por ejemplo, las buenas acciones, el comportamiento adecuado con cualquiera que requiera (o no, pero sintamos que es así) nuestra ayuda, etc.
Por eso, por ejemplo, San Josemaría dejó dicho, el 24 de marzo de 1930 (¡Tanto espacio temporal transcurrido pero todo sigue igual!) dijo, con relación a nuestra vida y a la relación con Dios, que: ”Somos niños delante de Dios, y si consideramos así nuestra vida ordinaria, en apariencia siempre igual, veremos que las horas de nuestras jornadas se animan, que están llenas de maravillas, diversas entre sí y todas hermosas.“
No podemos, por tanto, pensar que estamos solos y nuestra vuelta a la “normalidad” ha de ser, también, un retorno a la fe (si es que la hemos abandonado, claro) y volver a sentirnos, por eso mismo, hijos de un Padre.
En los demás, también, vemos a Dios y, por tanto, también podemos buscar en una verdadera relación fraterna lo que el Padre quiere de nosotros: “Amaos unos a los otros”. Esto dijo Jesucristo y, claro, tenía razón porque en el Amor (con mayúscula), suprema Ley del Reino de Dios, está nuestra verdadera razón para vivir.
Volver a empezar sin olvidar a Dios, sin dejar atrás a Quien, con su eterna misericordia, ha sabido hacer, de nosotros su semejanza, ha de ser tarea a emprender, un afán que se renueve.