04.07.08

Es del dominio público que Mons. Fellay, principal líder de la Sociedad San Pío X fundada por Marcel Lefebvre, rechazó, hace unos días, la generosa oferta de la Santa Sede para volver a la comunión con la Iglesia.
La Sociedad San Pío X exige que, antes de cualquier negociación, se levanten las excomuniones que pesan sobre todos los obispos lefebvrianos, por haber sido ordenados en contra de la prohibición expresa del Vaticano. En mi opinión, no cabe duda de que esta condición es totalmente desproporcionada, ya que equivale a pedir que la Iglesia apruebe formalmente la gravísima desobediencia de un acto cismático. A mi juicio, aceptar algo así implicaría el peligro constante de que se volviese a romper la comunión con nuevos actos cismáticos, en cuanto el Papa tomase alguna otra decisión que no gustase a Mons. Fellay y sus seguidores. De alguna forma, este grupo ha ido colocando sus propios criterios por encima de los de la Iglesia, hasta el punto que resulta imposible una obediencia sincera sin un cambio radical.

La generosidad del Papa y los esfuerzos del Cardenal Castrillón, sin embargo, no han caído en saco roto y un pequeño grupo se ha reconciliado con la Iglesia. Los Redentoristas Transalpinos, una pequeña congregación Redentorista tradicionalista con dos monasterios, han decidido aceptar la mano tendida de la Iglesia y solicitar la plena comunión con Roma. Mejor dicho, han solicitado humildemente la plena comunión con Roma, lo cual dice mucho a su favor:Pedí humildemente a la Santa Sede, en mi nombre y en nombre del consejo del monasterio, que se cancelase nuestra suspensión sacerdotal. El 26 de junio, se me comunicó que la Santa Sede había accedido a conceder nuestra petición. Todas las censuras canónicas se han rescindido. Nuestra comunidad disfruta ahora verdaderamente de la posesión pacífica e indiscutida de la Comunión con la Santa Sede.

Lo cierto es que estos Redentoristas me caen especialmente simpáticos por lo que he podido leer de ellos en Internet. Vieron que en el Norte de Escocia, en el archipiélago de las Islas Orkney, había una isla abandonada desde hace cuarenta años por las durísimas condiciones meteorológicas de la zona, la isla de Papa Stronsay (que significa “isla de los monjes” en nórdico antiguo). Como hace más de mil años hubo allí un monasterio celta, pensaron que era un buen lugar para su propio monasterio, así que consiguieron el dinero para comprar la isla y se mudaron allí.En su página web, pueden encontrarse fotografías de las ciclópeas obras que han tenido que emprender para poder construir, con su esfuerzo manual, el monasterio en una isla desierta y sometida a vientos de más de 100 km/h. Un tiempo después, para ampliar la orden, decidieron audazmente irse al otro extremo del mundo y fundaron un nuevo monasterio en Christchurch, Nueva Zelanda.
Supongo que esta audacia también les habrá ayudado a enfrentarse a las dificultades que debe haber supuesto el decidirse a volver, en solitario tras la negativa de la Sociedad San Pío X, a la comunión con la Iglesia. Ellos mismos mencionan, de pasada, lo “gritos airados” y las “calumnias” que han escuchado de otros grupos que les reprochaban el hecho de reconciliarse con Roma.
En algunos de los documentos que han publicado, explicaban que, para ellos, fue especialmente significativo que el Papa aprobase la liturgia tradicional mediante un motu proprio, es decir, mediante un acto personal y directo suyo. Es magnífico comprobar la alegría que experimentan estos monjes al volver a la comunión con Pedro, una alegría que todos los católicos deberíamos compartir:
[La comunión con el Papa] es una perla de gran precio, un tesoro escondido en el campo, una dulzura que no pueden imaginar los que no la han probado o llevan sin experimentarla muchos años. Su valor no se puede expresar plenamente en el lenguaje terreno y, por lo tanto, esperamos que todos los sacerdotes tradicionales que aún no lo hayan hecho, respondan a la llamada del Papa Benedicto para disfrutar la gracia de la comunión pacífica e indiscutida con él.
Me parece significativo que, en el escudo que escogieron para su monasterio, se pueda ver una antigua cruz celta encontrada en la isla del monasterio y una estrella. La estrella es un símbolo de la Stella Maris, la Estrella del Mar, una advocación de la Virgen desde tiempos de San Jerónimo, que traducía así el nombre hebreo de María.Es evidente que estos monjes son audaces, están llenos de entusiasmo por seguir a Cristo y no se arredran ante las dificultades. A mi juicio, sin embargo, la gracia más importante que han recibido es saber seguir especialmente a María, la Estrella del Mar, por el camino de hacerse pequeños, como verdaderos siervos de Dios. El que se ensalza, será humillado y el que se humilla, será ensalzado. De la Virgen han aprendido la que probablemente es la cualidad más importante para la volver a la comunión con la Iglesia: la humildad sincera.