02.07.08

¿Son sectarios los movimientos? y otras preguntas


Quaestio Quodlibetalis 8. Un comentarista (Hipólito) me ha planteado varias preguntas interesantísimas. Lo cierto es que me encanta cuando los lectores no se limitan a aceptar lo que digo, sino que plantean objeciones, porque eso siempre permite profundizar en las cuestiones. La vida cristiana es como una mina de metales preciosos: cuanto más se profundiza, más tesoros se encuentran.

Las tres preguntas, resumidas, son las siguientes:

1. ¿Qué añadiría a mis obras pertenecer a grupos y movimientos?
2. ¿Y qué mueve a un laico normal y corriente a hacerse miembro de un movimiento determinado?
3. ¿Por qué estos grupos han ido despertando sospechas de sectarismo y prácticas inaceptables de diversos tipos dentro y fuera de la Iglesia?

1) Creo que no es adecuado plantear la cuestión desde los compromisos en los diversos grupos y lo que podrían añadir a las obras de uno. No se pertenece a estos grupos esencialmente para poder hacer más cosas, dar más o comprometerse más, sino fundamentalmente para recibir. Así es toda la vida cristiana, lo que se da es siempre infinitamente menos de lo que se recibe, porque ¿qué tienes que no hayas recibido?

Los movimientos, las congregaciones y los distintos grupos son, ante todo, ayudas para vivir la vida cristiana. En ellos se recibe el apoyo de hermanos a los que Dios lleva por un camino similar y que rezan de forma especial unos por otros, apoyándose mutuamente. De esta forma, se realiza de forma concreta algo que está siempre presente en la vida de la Iglesia: la comunión. No olvidemos que la propia palabra “Iglesia”, en griego ekklesia, significa “asamblea”, “reunión”. Sin duda, Dios podría haber hecho que cada persona viviese su cristianismo de forma individual y solitaria, pero quiso que la vida cristiana fuese una imagen de la comunión trinitaria.

Cada grupo dispone, además, de “bienes espirituales” que pueden ayudar a sus miembros, como las catequesis, las celebraciones o los escrutinios del Camino, la dirección, las charlas y los retiros del Opus Dei, el discernimiento de carismas en la Renovación, la vida retirada y de oración y según la regla de Santa Teresa en un carmelo y un larguísimo etcétera. Estos bienes están a disposición de toda la Iglesia, pero generalmente se aprovechan más y se viven en profundidad en los grupos en los que han surgido.

Por eso mismo, se suele entrar en un movimiento, en un grupo eclesial o en una congregación religiosa cuando Dios despierta en el alma el deseo de recibir también esos bienes espirituales o participar en esa estrecha comunión y en las actividades que se han visto en el grupo en cuestión. También esto es una realización concreta de lo que sucede en general en la Iglesia: los no cristianos se deciden a entrar en ella porque desean lo que tienen los cristianos, mirad cómo se aman.

Por supuesto, cuanto uno más recibe de Dios, más puede dar. Por eso, los grupos en los que abundan las gracias de Dios son también aquellos con un apostolado y una entrega de la vida por los demás más fuertes. A los grupos cristianos les sucede lo mismo que a los cristianos individuales: las gracias y carismas que Dios les concede están estrechamente vinculados a la misión que les confía en el mundo.

2) La vida cristiana no la guía cada uno, sino Dios por medio del Espíritu Santo. Para una persona, Dios puede tener planeado pertenecer a un grupo concreto o la vida religiosa en una congregación en particular mientras que para otra persona puede haber planeado simplemente que se santifique cuidando a sus padres enfermos o que se vaya al cielo nada más hacer la primera comunión.

¿Es mejor una vocación que otra, un grupo que otro o que no pertenecer a ninguno? No, lo mejor es siempre hacer lo que Dios ha planeado para uno. Por eso no se pueden dar reglas generales, que, además, Dios se complace en romper. Por ejemplo, el ansia de evangelización y de misionar que sentía Santa Teresa de Lisieux no se cumplió en una congregación misionera, como parecería humanamente lógico, sino en un convento, como monja de clausura, porque Dios así lo quiso.

Los cristianos siempre pertenecemos, por voluntad de Dios, al menos a un grupo: nuestra diócesis, guiada por un sucesor de los Apóstoles. A partir de ahí, cada uno debe ir por donde el Espíritu Santo le guíe.

3) En cuanto a las sospechas de sectarismo, creo que hay tres razones fundamentales para su existencia.

En primer lugar, como dice Hipólito, están las críticas externas, como la de El País, que realmente lo que quieren es criticar a la Iglesia y denigran a los movimientos por ser cristianos, porque el autor no traga la doctrina de la Iglesia o la fe cristiana. En la entrevista de El País, por ejemplo, el periodista criticaba a Kiko Argüello por creer que el infierno o el demonio existen, por oponerse al aborto o al matrimonio homosexual o por querer predicar a todo el mundo que la salvación se encuentra sólo en Jesucristo. Es evidente que esas opiniones no son peculiares del Camino Neocatecumenal, sino comunes a toda la Iglesia.

En segundo lugar, como decía otro comentarista (Oscar), dentro de la Iglesia a veces se critica a los nuevos grupos y movimientos por desconocimiento. Es algo normal, propio de la condición humana, a la que le cuesta adaptarse a lo nuevo. El Espíritu Santo se complace en romper constantemente nuestros esquemas de cómo deberían ser las cosas y muchas veces cuesta seguir su ritmo.

Por ejemplo, sucedió lo mismo, al principio, con las órdenes mendicantes de dominicos y franciscanos, que aparecieron, si no recuerdo mal, en el s. XII. Durante bastante tiempo, tuvieron que enfrentarse a una terrible oposición entre los sacerdotes diocesanos y las antiguas órdenes monásticas, simplemente porque eran algo nuevo en la Iglesia de su tiempo.

En tercer lugar, creo que se debe a los fallos humanos de los propios miembros de los grupos. No olvidemos que nuestra Iglesia está hecha, precisamente, para acoger a miembros débiles y llenos de errores y pecados: no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Consideremos a una persona que, por ejemplo, ha vivido durante 30 años en un ambiente de cristianismo puramente social, en el que ser cristiano era solamente una costumbre y no afectaba en nada a la vida. Entonces, se encuentra con un grupo en el que se vive el Evangelio en profundidad y que le ayuda a encontrarse con Cristo realmente. Es muy fácil que esa persona tienda a considerar que los únicos “cristianos auténticos” son los de su grupo. Esto, obviamente, es erróneo y perjudicial, pero es comprensible que suceda a veces en personas concretas.

En mi opinión, el criterio para determinar si estas actitudes son simplemente defectos de algunas personas concretas o si verdaderamente existe un problema de sectarismo en un grupo es la obediencia. Ésa es la piedra de toque. Si un grupo acepta someterse al discernimiento de la Iglesia en materias de fe, de moral, de liturgia y de disciplina eclesial, los errores humanos y la actitud de suficiencia de algunos de sus miembros se irán corrigiendo con el tiempo.

A su vez, la autoridad eclesiástica tiene la misión de discernir si un grupo es verdaderamente católico y de comunicárselo a toda la Iglesia, en cumplimiento de la misión que el Espíritu Santo ha dado al magisterio. Por ejemplo, en tiempos de San Francisco, el papa Inocencio III pidió al santo que los franciscanos llevasen siempre la tonsura, para diferenciarse de grupos sectarios que podían confundirse con ellos.

Sectario, en latín, significa separado. Por eso, el sectarismo no soporta la obediencia, ya que ésta implica el reconocimiento humilde de que la Iglesia no se acaba en el propio grupo, sino que es algo mucho mayor: la magna Iglesia, Católica, es decir, universal, en la que se reunirán todos los pueblos, de oriente y occidente.