Colaboraciones
Reflexiones sobre lo que diferencia al hombre de los animales (IV)
16 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
La libertad se ejerce iluminada o guiada por la verdad. Libertad y verdad son dos elementos necesarios en la realización de la persona: ella no se realiza si no es mediante actos libres, ni tampoco se realiza si no es mediante actos que correspondan a la verdad moral, la verdad acerca del bien del hombre, enclavada en la realidad misma del hombre, en su naturaleza. La verdad moral, como toda verdad, es algo objetivo, algo que está en la realidad de la naturaleza humana y que la razón descubre y aprehende; es la que guía o ilumina la elección poniendo ante la conciencia durante la deliberación aquello en lo que consiste el bien del hombre en cada circunstancia. La conciencia hace a la persona experimentarse no solo como alguien que se hace a sí mismo sino además como alguien que puede hacerse bueno o malo. La conciencia crea el sentido personal del deber, a partir del juicio de la razón. De este modo, con la formación del sentido del deber, la conciencia condiciona la autorrealización de la persona.
El sentido del deber es así el sometimiento de la libertad a la verdad moral.
Santo Tomás de Aquino (gran filósofo y teólogo) subraya que Dios ha dotado a sus criaturas de verdadera capacidad de actuar, lo que implica que sus acciones tengan consecuencias reales. Si a las criaturas libres no les permitiera causar efectos malos, tal libertad sería ficticia. Por tanto, dice santo Tomás, «Dios permite que se produzcan algunos males para que no resulten impedidos muchos bienes»: la misma libertad, la capacidad de enmendarse, el heroísmo en la resistencia al mal, la solidaridad con los que sufren…
¿Por qué no evita Dios el mal? Por dos motivos; porque nos ha hecho libres, y porque la cruz es el instrumento de la Redención.
Nos ha hecho libres. Pudo no darnos libertad, en cuyo caso nadie pecaría, nadie se condenaría. Pero tampoco podríamos decir que nos salvaríamos: convertidos en muñecos incapaces de merecer, la salvación para esos seres-robots no tendría ningún significado. El robot no ama, no espera, no cree. ¿Qué supone la salvación para quien no ama libremente a Dios?, ¿qué felicidad cabe esperar de una situación de amor impuesto a la fuerza? Una felicidad pasiva, estúpida, mecánica. ¿Para rodearse de este tipo de seres creó Dios al hombre?, ¿pueden estos robots ser imagen y semejanza de Dios?
Y si nos ha hecho libres, nos tiene que dejar que, si queremos, usemos mal de nuestra libertad. Y de ese mal uso nace el mal material, pues somos los hombres los que creamos un mal que Dios ha de respetar como producto de las decisiones libres de seres libres.
Pero es que, además, la cruz es redentora. Dios permite el mal, permite la libertad que lo genera, pero lo vuelve en nuestro beneficio. Nos invita a que carguemos con el mal que nosotros mismos causamos, con la cruz que la vida pone sobre nuestros hombros, para que así no solo recibamos los méritos redentores de la cruz de Cristo, sino que comuniquemos, se llama comunión de los santos, a los demás ese torrente de salvación. Él mismo, hecho hombre, recorrió su Calvario, fruto del mal uso de la libertad de sus verdugos, en lugar de evitar ese mal. «Si eres Dios, legiones de ángeles vendrán a salvarte». Hubiesen venido si las hubiese llamado, pero no lo hizo; respetó la libertad de quienes le condenaban, y transformó Su dolor en salvación para todos.
Hoy se confunde el bien y el mal «con sentirse bien o sentirse mal». Al final, solo decide el sujeto, con su sentimiento, sus experiencias, con los eventuales criterios que ha encontrado.
Libertad para el aborto, libertad para el sexo, libertad para la diversión, libertad para la droga, libertad para la eutanasia. Políticos e intelectuales imponen poco a poco, hasta los últimos rincones del planeta, la cultura de la tristeza y de la muerte, donde el aborto sea algo trivial e «higiénicamente correcto», donde el suicidio y la eutanasia se disparan hasta llegar a ser el paso absurdo de quienes se olvidan de Dios y vienen a ponerse entre las garras del diablo…
Según el padre C. Cardona, el fin de la libertad es el amor electivo, el amor que se dona. Por eso, si la libertad creada tiene su fundamento en el Amor Esencial, al que se ordena, para obrar en dirección contraria, es decir, para pecar, el hombre tiene que prescindir de esta ordenación.
Somos libres porque somos inteligentes. Y la inteligencia es un misterio casi tan grande como la libertad. Es la prueba más evidente de que en el universo hay algo más que materia. Que hay pensamiento, que hay libertad, que hay bondad, que hay justicia, que hay amor.
La libertad es la capacidad que tiene el hombre para actuar o no actuar, para hacer eso o aquello, de acuerdo con su inteligencia y voluntad. Es la capacidad que tiene el hombre para escoger, para decidir entre dos o más bienes. Al ser el hombre libre, se convierte en responsable de sus acciones; es decir, él tiene que responder por lo que hace o dice y se le pueden pedir cuentas de lo que hace o dice. A un animal no se le puede exigir lo mismo. Un lobo, por ejemplo, no se da cuenta de lo que hace cuando mata una oveja, simplemente tiene hambre y actúa. En cambio, el hombre puede tener hambre y escoger libremente comer o no comer. Podemos hablar de tres áreas en las que actúa la libertad del hombre: libertad física o de movimiento, libertad de acción y libertad moral. El Papa san Juan Pablo II, en su Mensaje a los Universitarios que pronuncio en México en enero de 1979, exhortó a todos los jóvenes del mundo: «Hagan buen uso de su libertad, para que, con base en la verdad, puedan lograr realmente cosas buenas». La libertad le permite al hombre decidir si se mueve o no se mueve con su voluntad para alcanzar el bien que ha descubierto la inteligencia.
El marxismo considera que el hombre no es más que materia llegada a un alto grado de evolución. El mecanicismo a este respecto es similar al marxismo, negando —como el marxismo— la libertad humana al decir que es consecuencia de puros condicionamientos. El marxismo es mecanicista; si bien abarca más aspectos que el mecanicismo.
La capacidad de amar es la capacidad inteligente, voluntaria y libre de darse uno mismo al prójimo, de entregarse totalmente a los demás sin poner condiciones. Los animales no pueden amar; solo se da en ellos la atracción sexual, pero esta no es amor. El amor del ser humano puede ser de diferentes tipos: filial: a los padres y a Dios; fraternal: a los amigos o hermanos; esponsal: al cónyuge, o humanitario: a todos los hombres. Cada uno de estos amores tiene diferentes manifestaciones, pero se caracterizan todos por la entrega total y desinteresada de la persona al otro. El amor no es un sentimiento, sino un acto de la inteligencia, de la voluntad y de la libertad. No se ama porque se siente amor hacia una persona, sino que se ama porque se quiere amar a esa persona. Amar es desear para el amado lo mejor de todo, no para nuestra satisfacción personal sino para la de él y ayudarle a conseguirlo. Aquí no acaba el egoísmo sino solo la generosidad. Amar, pues, es darse al otro sin esperar nada a cambio.
Aristóteles distinguía tres tipos de amistad, según lo que uno busca o puede obtener de ella: la de utilidad, la de placer y la de virtud. En esta última, la finalidad de la relación no es conseguir algo, sino cuidar del otro, buscar su bien, también en términos morales. Ese tipo de amistades pueden llegar a un grado tal de hondura como para configurar realmente la vida de la otra persona, su felicidad.
Jesús decía que en amar a Dios y al prójimo se resume toda la ley de Dios. Además, el amor hacia el otro, tal como lo concibe el cristianismo, implica buscar su bien material y moral, pero teniendo en cuenta todas sus circunstancias, su humanidad entera.
El lenguaje del amor incondicional al otro, del respeto a su dignidad inherente como persona, un mensaje típicamente cristiano, pero al que pueden adherirse personas de distintas tradiciones, ayudaría a tratar mejor al que piensa diferente a nosotros.
Como Dios, el hombre es inteligente, posee una naturaleza espiritual, es libre y capaz de amar.
La espiritualidad humana se encuentra ampliamente testimoniada por muchos e importantes aspectos de nuestra experiencia, a través de capacidades humanas que trascienden el nivel de la naturaleza material. En el nivel de la inteligencia, las capacidades de abstraer, de razonar, de argumentar, de reconocer la verdad y de enunciarla en un lenguaje. En el nivel de la voluntad, las capacidades de querer, de autodeterminarse libremente, de actuar en vistas a un fin conocido intelectualmente. Y en ambos niveles, la capacidad de autorreflexión, de modo que podemos conocer nuestros propios conocimientos (conocer que conocemos) y querer nuestros propios actos de querer (querer querer). Como consecuencia de estas capacidades, nuestro conocimiento se encuentra abierto hacia toda la realidad, sin límite (aunque los conocimientos particulares sean siempre limitados); nuestro querer tiende hacia el bien absoluto, y no se conforma con ningún bien limitado; y podemos descubrir el sentido de nuestra vida, e incluso darle libremente un sentido, proyectando el futuro.
Pero esta excelencia por la que el hombre se destaca entre las demás criaturas, aunque se apoya en bases teológicas, también está al alcance de la razón humana. La inteligencia y libertad del hombre le distinguen de los demás seres, y lo elevan a un rango superior. Por esto, la dignidad de la persona no es fruto de cualidades accidentales, sino de la misma naturaleza del hombre como animal racional, capaz de pensar (el hombre no necesita máquinas para pensar, aunque pueda servirse de ellas; las máquinas nos pueden igualar y superar en muchos aspectos, pero carecen de la interioridad característica de la persona y de las capacidades relacionadas con esa interioridad: capacidad intelectual y argumentativa, conciencia personal y moral, capacidad de amar y ser amado, por ejemplo) y de amar.
El hombre capta los modos de ser de cada cosa, y a diferencia de los animales, puede profundizar en cada modo de ser. En la mente humana van teniendo cabida las realidades del mundo exterior (por eso Aristóteles dice que el hombre es de algún modo todas las cosas), que son entendidas con más o menos profundidad. Un animal ve imágenes de las cosas reales, y las estima como convenientes o no convenientes para sí; pero no puede entender las propiedades o el modo de ser íntimo de las cosas. Por eso, no puede elaborar cultura; aunque sí ciertas técnicas o habilidades.
Sería un error pensar que el hombre inventa la flecha solo porque tiene necesidad de comer pájaros. También el gato tiene esa misma necesidad y no inventa nada. El hambre solo impulsa a comer, no a fabricar flechas: son dos cosas muy diferentes. Por eso, no es correcto explicar al hombre solo desde sus necesidades, sino también desde sus posibilidades y aspiraciones. La inteligencia humana no surge de una necesidad, sino de una dotación, y por eso no es un animal más. Tiene la capacidad de crear.
La ciencia natural proporciona una de las pruebas más convincentes acerca de las peculiaridades del hombre; en efecto, pone de manifiesto que el hombre, a diferencia de otros seres, posee unas capacidades creativas y argumentativas que resultan indispensables para plantear los problemas científicos, buscar soluciones, y poner a prueba su validez. El gran progreso científico y técnico de la época moderna ilustra las capacidades únicas de la persona humana, y no tendría sentido utilizarlo para negar lo que, en último término, hace posible la existencia de la ciencia.
El hombre es un ser moral; distingue el bien del mal; el animal no tiene moralidad. También el hombre es capaz de ponerse en el lugar del otro, de comprender, por esto es, dice Spaemann, un símbolo del Absoluto (de lo que de alguna manera está en todo).
La vida moral no tendría sentido si no se admitiera la libertad, que supone la espiritualidad. De hecho, algunas confusiones doctrinales y prácticas arrancan de esa base: se niega la espiritualidad, se reduce la persona a los condicionamientos materiales (características genéticas, impulsos instintivos, condiciones físicas de vida), y se niega que exista auténtica libertad; en consecuencia, el cristianismo se reduciría a la lucha por unas metas que pueden ser legítimas, pero que se refieren solo a la vida terrena. La lucha por alcanzar la virtud y evitar el pecado no tendría sentido, o en el mejor caso, las nociones de virtud y pecado deberían reinterpretarse, alterando toda la enseñanza moral de la Iglesia.