Colaboraciones

 

Reflexiones sobre lo que diferencia al hombre de los animales (III)

 

 

 

15 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

El hombre es persona, es decir, dotado de razón y de voluntad libre, y enriquecido por tanto con una responsabilidad personal, y no solo individuo; la persona no está finalizada por la especie: el hombre es un ser social pero no tiene fines exclusivamente personales.

El hombre es un ser de la naturaleza, pero, al mismo tiempo, la trasciende. Comparte con los demás seres naturales todo lo que se refiere a su ser material, pero se distingue de ellos porque posee unas dimensiones espirituales que le hacen ser una persona.

De acuerdo con la experiencia, la doctrina cristiana afirma que en el hombre existe una dualidad de dimensiones: las materiales y las espirituales, en una unidad de ser, porque la persona humana es un único ser compuesto de cuerpo y alma. Además, afirma que el alma espiritual no muere y que está destinada a unirse de nuevo con su cuerpo al fin de los tiempos.

Nuestra alma inteligente es el gran abismo que nos separa de los animales. Gracias a Dios, los hombres somos algo más que animales. Tenemos un alma personal, inteligente, espiritual e inmortal, destinada a conocer a Dios y a gozar de la gloria por toda la eternidad.

El hombre, como tiene alma inteligente, ve, observa, discurre y deduce. El animal, como no la tiene, ve, pero no deduce nada. No sabe discurrir. El animal obra a ciegas. Sigue los instintos que Dios le ha puesto, sin saber por qué.

Los animales aprenden cosas por asociación de imágenes y sentimientos; pero no son capaces de hacer un silogismo, un raciocinio. Se amaestran a base de palo y golosinas.

El hombre es persona, no es simplemente una cosa. La persona tiene una dignidad única: nadie puede sustituirla en lo que es capaz de hacer como persona. Y solo entre personas puede darse la amistad y el amor. «Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar» (Catecismo de la Iglesia católica, 357).

La creación material encuentra su sentido en el hombre, única criatura natural que es capaz de conocer y amar a Dios, y, de este modo, conseguir ser feliz. El mundo material hace posible la vida humana, y sirve de cauce para su desarrollo. Por eso, la Iglesia afirma que «Dios creó todo para el hombre (cfr. Conc. Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 12, 1; 24, 3; 39, 1), pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación» (Catecismo de la Iglesia católica, 358).

Todo hombre es llamado a la filiación divina por la gracia, es decir, a participar de la misma vida divina. Por esto la Gaudium et spes puede afirmar que el hombre es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma y que no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.

Al ser el amor el fundamento y el sentido último de la libertad, su acto más radical y propio, un avance definitivo en la línea instaurada por Boecio (filósofo y poeta latino romano), es el que lleva a definir a la persona como principio o término, como sujeto y objeto, de amor. En este sentido, afirma con vigor el padre Carlos Cardona (fi­lósofo, teólogo y poeta): «El hombre, terminativa y perfectamente hombre, es amor. Y si no es amor, no es hombre, es hombre frustrado, autorreducido a cosa».

El hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios y «lo dotó» de unas facultades superiores que lo hacen el ser más excelso de toda la Creación. Estas facultades que lo distinguen y lo elevan por encima de cualquier otra criatura son la inteligencia y la voluntad.

La voluntad, como valor, consiste en hacer lo que tenemos que hacer, lo que debemos hacer, sin dejarnos vencer por las dificultades. La capacidad de querer que, junto con la capacidad de entender, son los motores de las acciones humanas. La voluntad es pieza clave del edificio de la personalidad. La voluntad es la facultad del alma que nos mueve a actuar para conseguir un bien concreto, un ideal; con constancia y con todas las fuerzas. Voluntad es determinación, firmeza en los propósitos, solidez en los objetivos y ánimo frente a los propósitos. Voluntad significa tener la intención de hacer algo, aunque cueste. Es la capacidad de hacer realidad los propósitos, la fuerza para superar los obstáculos. Sin fuerza de voluntad, poco podrá conseguir una persona; difícilmente llegará a su madurez y a alcanzar logros que le lleven a su autorrealización y a hacer algo por los demás. La persona debe aplicarse en la formación de una voluntad fuerte, dócil a la inteligencia, eficaz y constante en querer el bien, tenaz frente a las dificultades, y capaz de gobernar y encauzar con suavidad y firmeza todas las dimensiones de la persona.

El hombre no solo piensa, sino también «quiere». Es decir, el hombre busca aquello que le atrae. La voluntad es la capacidad que tiene el hombre para «moverse» hacia un bien que desea. La voluntad busca siempre un bien que ha sido pensado y prestado a ella anteriormente por la inteligencia. La voluntad se mueve para alcanzar la felicidad que la inteligencia piensa que le dará tener el bien deseado.

La inteligencia, iluminada por la luz de Dios a través de la fe, permite al hombre «acceder al conocimiento del Dios» que lo creó; y la voluntad da al hombre la posibilidad de optar con libertad y realizar en su vida el plan de perfección que Dios pensó para él.  Esto significa que todo pensamiento, palabra o acción, para ser plenamente humanos y estar destinados al crecimiento de la persona, deben estar regidos por la inteligencia iluminada por la fe, que dicta lo que más conviene pensar, decir o hacer; y por la voluntad, que lleva adelante libremente y con inquebrantable decisión lo que se ha determinado, por encima de cualquier obstáculo que se pueda presentar en el camino: instintos, pasiones desordenadas, sentimientos mal encauzados, etc.

La inteligencia humana, como capacidad de captar el ser de las cosas, constituye la ventana del espíritu.

La inteligencia es una potencia porque no está terminada, es una facultad que debe llegar a ser, es decir, llegar a su término. Cuando afirmamos que es una potencia estamos queriendo decir que tiene la facultad, la posibilidad de llegar a ser. Cuando decimos que una persona es un deportista en potencia, es porque tiene la facultad, los dones para llegar a ser un gran deportista, si se ejercita, puede llegar a serlo. La inteligencia es parte de la esencia misma del hombre y por lo mismo tiene la necesidad de ser perfeccionada, acabada para hacer al hombre más hombre; es una facultad, un don en potencia, por lo que debe actualizarse, perfeccionarse, acabarse, para lograr su plenitud. Podríamos decir que la inteligencia no sólo es educable, sino que debe educarse.

La inteligencia es la capacidad que tiene el hombre para pensar, para buscar y hallar la verdad a través de la mente y la razón.

Gracias a esta capacidad, el hombre puede entender y aprender, imaginar y memorizar, puede hacer grandes descubrimientos e inventar cosas maravillosas, puede mejorar el mundo, pero lo más importante es que, gracias a su inteligencia, el hombre puede llegar a conocer la verdad.

Conocer la verdad significa que aquello que pensamos coincide con lo que realmente es o sucede.

Formar la inteligencia significa enseñar a la persona a ejercitarse en cuatro facultades principales: analizar, sintetizar, relacionar, juzgar. Se trata aquí de que sea la razón, formada e iluminada por la fe, la que señale siempre el camino a seguir, y no los sentimientos o pasiones.

La inteligencia y la voluntad son facultades espirituales, es decir son facultades superiores. Toda persona que ha llegado a la madurez se apoya en sus facultades superiores: inteligencia y voluntad, la dignidad de ser libre y la guía de su conciencia.

La inteligencia es una facultad específica de la persona. Cuando decimos que es un ser racional nos referimos a su capacidad intelectiva.

La inteligencia de cada persona es algo individual y va relacionada con procesos de conocimiento, áreas de percepción, clases de observación, diferencias personales de síntesis y análisis, y un sinnúmero de factores de la experiencia individual.

La inteligencia ilumina a la voluntad para que se pueda elegir con libertad. La inteligencia reconoce lo que es bueno y la voluntad lo escoge. El objeto de la inteligencia es conocer la verdad, la realidad de las cosas. La inteligencia realiza esta tarea por medio de la reflexión, el análisis, la observación y la síntesis.

Al culpar a Dios de los males de los hombres se demuestra que no se acaba de entender en qué consiste la libertad. Un texto de la Biblia, Eclesiástico, 15, 14, dice que «Él fue quien desde el principio hizo al hombre y lo dejó en manos de su propio albedrío».

La libertad es, como enseña León XIII, «el bien más noble de la naturaleza, propia solamente de los seres inteligentes, que da al hombre la dignidad de estar “en manos de su propia decisión” y de tener la potestad de sus acciones».

Se entiende por libre albedrío, o libertad de arbitrio, que es la que propiamente se atribuye a la voluntad humana, la facultad de determinarse a obrar, es decir, la facultad de querer o no querer, o querer una cosa más que otra. Solo hay libertad cuando el hombre no está determinado por una causa o un motivo interno (temor invencible, obcecación, pasión, etc.), ni por una causa o un motivo externo (coacción). Consiste, pues, la libertad en una decisión personal; o, como dicen los filósofos, en un obrar intrínseco, en la capacidad del hombre de decidir por sí mismo.

La libertad es, como ya apuntó Agustín de Hipona, la propiedad esencial de las dos potencias superiores de la persona: el entendimiento y la voluntad. E incluso podría afirmarse que define de manera intrínseca su mismo ser: la persona, toda persona, posee un ser libre. La persona humana, en concreto, es participadamente libertad.

La libertad no es una simple propiedad de la voluntad humana, sino que es característica trascendental del ser personal; es el núcleo mismo de toda acción realmente humana, y es lo que confiere humanidad a todos los actos del hombre y a cualquiera de las esferas sectoriales de su actividad, afirma el padre Carlos Cardona.

«Puesto el ser, creada la persona, la libertad se presenta en él como “inicio” absoluto, como originalidad radical, como creatividad participada», sostiene el padre Carlos Cardona.

Todo el sentido de la libertad humana está, nos lo enseña Cristo, en cumplir por amor, aunque cueste, la voluntad del Padre. Eso es, realmente, lo único que vale la pena en este mundo. Ser libres es dejarnos llevar por el Señor.

La libertad que nos gana Cristo consiste en el poder de obrar el bien para vivir en comunión con Dios; un poder que nuestra voluntad posee gracias al conocimiento de la verdad. Obrar libremente el mal, es decir, pecar, es por el contrario esclavitud, y huir de la luz de la verdad.

La libertad tiene, pues, en el cristianismo un sentido preciso: es poder de obrar el bien; es capacidad, propia del hombre, que le permite moverse no ciegamente ni por instintos, sino por amor filial, bajo la luz de la fe, cumpliendo los designios de Dios, sin dejarse esclavizar por las criaturas, ni degradarse en acciones indignas de hijos.

La libertad es poder de conocer y amar al Señor y de causar con dominio los actos por los cuales nos unimos a Él, como a Padre amantísimo: «La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a este, alcance la plena y bienaventurada perfección» (Gaudium et spes, 17).

La libertad no es fruto de una insulsa indiferencia de la voluntad humana, de una abobada falta de inclinación entre lo que le perfecciona o le destroza; por el contrario, nace de la natural inclinación al bien absoluto, sembrada por Dios en la voluntad del hombre, y de la luz de su inteligencia que le capacita a conocer y valorar la verdad y el bien de las criaturas en su orden al Creador. Solo la culpa original, nuestra naturaleza caída, permite explicar que usemos tantas veces mal de la libertad y la frecuente inclinación que sentimos hacia el pecado.

No es constitutivo del obrar bien la indiferencia de la voluntad, ni requiere ausencia de inclinación al bien ni excluye la necesidad moral con que el hombre ha de buscar su fin, como exigencia de su misma perfección. Lejos de cuanto parecen creer algunos, la libertad ni excluye la necesidad moral, sí, la física, ni presupone indiferencia entre el bien y el mal. La libertad es tendencia al bien: aunque puede obrar el bien y el mal, no tiende igualmente a uno y a otro. El bien es la inclinación más activa y natural de la libertad; el mal una inclinación desordenada y fundamentalmente pasiva: propensión a dejarse llevar por un bien inadecuado, por no querer con la fuerza necesaria el bien conveniente.

La libertad es, pues, energía para obrar el bien con señorío sobre los propios actos, a semejanza de Dios.

Lo propio de la libertad es cumplir con dominio sobre los propios actos el plan de Dios, hasta la entrega total de sí, por la que el cristiano se identifica con Cristo.

La libertad, conviene insistir, no es fruto de la indiferencia: un dominio para hacer cualquier cosa a nuestro arbitrio, sino dominio para cumplir la voluntad divina, para dejar que Dios realice entera su obra en nosotros.

Mientras el pecado esclaviza la libertad, el empeño por obrar el bien, dentro de todas nuestras limitaciones y defectos, la hace crecer.

«La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres» (Mons. J. Escrivá, Amigos de Dios, Madrid 1980).