Colaboraciones
La objeción de los anglicanos proclives a la ordenación femenina
26 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
La objeción de los anglicanos proclives a la ordenación femenina es que, según ellos, lo fundamental de la encarnación no es que Cristo se haya hecho varón, sino que se haya hecho «hombre». Por tanto, no es tanto el varón quien representa adecuadamente a Cristo sino el ser humano en cuanto tal.
El problema de la objeción consiste en un insuficiente concepto de lo que se denomina, en la teología sacramental, «representación adecuada». Los signos sacramentales tienen que guardar una representación adecuada, es decir, lo más específica posible. Desde este punto de vista, el «ser humano» (varón-mujer) es una representación adecuada de Cristo, pero en su sacerdocio común (el sacerdocio común de los fieles), no de Cristo en su Sacerdocio ministerial de la Nueva Alianza. El «ser humano» representa adecuadamente al Verbo hecho carne, pero representa solo genérica y borrosamente a Cristo sacerdote. De hecho, el carácter sacerdotal (ministerial) es una subespecificación del carácter general cristiano que viene dado a todo hombre (varón y mujer) por el bautismo.
Históricamente Jesucristo no llamó a ninguna mujer a formar parte de los doce. En esto debe verse una voluntad explícita, pues podía hacerlo y manifestar con ello su voluntad. Jesucristo debía prever que al tomar la actitud que tomó, sus discípulos la interpretarían como que tal era su voluntad.
La objeción más común es que Jesucristo obró de este modo para conformarse con los usos de su tiempo y de su ambiente (el judaísmo) en el que las mujeres no desempeñaban actividades sacerdotales.
Precisamente respecto de la mujer, Jesucristo no se atuvo a los usos del ambiente judío. Entre los judíos rígidos, las mujeres sufrían ciertamente una severa discriminación desde el momento de su nacimiento, que se extendía luego a la vida política y religiosa de la nación. «¡Ay de aquél cuya descendencia son hembras!», dice el Talmud. Tristeza y fastidio causaba el nacimiento de una niña; y una vez crecida no tenía acceso al aprendizaje de la Ley. Dice la Mishná: «Que las palabras de la Torá (Ley) sean destruidas por el fuego antes que enseñársela a las mujeres... Quien enseña a su hija la Torá es como si le enseñase calamidades». Las mujeres judías carecían frecuentemente de derechos, siendo consideradas como objetos en posesión de los varones. Un judío recitaba diariamente esta plegaria: «Bendito sea Dios que no me hizo pagano; bendito sea Dios que no me hizo mujer; bendito sea Dios que no me hizo esclavo».
Por eso la actitud de Jesús respecto de la mujer contrasta fuertemente con la de los judíos contemporáneos, hasta un punto tal que sus apóstoles se llenaron de maravilla y estupor ante el trato que les brindaba (cf. Jn 4, 27). Así:
– Conversa públicamente con la samaritana (cf. Jn 4, 27);
– no toma en cuenta la impureza legal de la hemorroísa (cf. Mt 9, 20-22);
– deja que una pecadora se le acerque en casa de Simón el fariseo e incluso que lo toque para lavarle los pies (cf. Lc 7, 37);– perdona a la adultera, mostrando de este modo que no se puede ser más severo con el pecado de la mujer que con el del hombre (cf. Jn 8, 11);
– toma distancia de la ley mosaica para afirmar la igualdad de derechos y deberes del hombre y la mujer respecto del vínculo matrimonial (cf. Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-11);
– se hace acompañar y sostener en su ministerio itinerante por mujeres (cf. Lc 8, 2-3);
– les encarga el primer mensaje pascual, incluso avisa a los Once su Resurrección por medio de ellas (cf. Mt 28, 7-10 y paralelos).
Esta libertad de espíritu y esta toma de distancia son evidentes para mostrar que, si Jesucristo quería la ordenación ministerial de las mujeres, los usos de su pueblo no representaban un obstáculo para Él.
Los apóstoles siguieron la praxis de Jesús respecto del ministerio sacerdotal, llamando a él solo a varones. Y esto a pesar de que María Santísima ocupaba un lugar central en la comunidad de los primeros discípulos (cf. Act 1, 14). Cuando tienen que cubrir el lugar de Judas, eligen entre dos varones.
Cuando algunas sectas gnósticas heréticas de los primeros siglos quisieron confiar el ministerio sacerdotal a las mujeres, los Santos Padres juzgaron tal actitud inaceptable en la Iglesia. Especialmente en los documentos canónicos de la tradición antioquena y egipcia, esta actitud viene señalada como una obligación de permanecer fiel al ministerio ordenado por Cristo y escrupulosamente conservado por los apóstoles.
El texto (Mt 22, 30) no significa que la glorificación de los cuerpos suprima la distinción sexual, porque esta forma parte de la identidad propia de la persona. La distinción de los sexos y, por tanto, la sexualidad propia de cada uno es voluntad primordial de Dios: «Varón y mujer los creó» (Gn 1, 27).
Dios quiso que el Redentor viniera al mundo por medio de una mujer: María. María es, después de Cristo, la primera persona de la humanidad.
Pero a María no la hizo sacerdote. Y esto no fue por estar condicionado por la mentalidad de su tiempo.
Pensar que Cristo se dejó influenciar por ello sería ofensivo para Él.
Además, demostró su independencia del «qué dirán» en su trato con «la pecadora» y la adúltera.
Respecto de la mujer Jesucristo no se atuvo a los usos del ambiente judío. Su actitud respecto de la mujer contrasta fuertemente con la de los judíos contemporáneos, hasta el punto tal de que sus apóstoles se llenaron de maravilla y estupor.
Esta libertad de espíritu y esta toma de distancia son evidentes para mostrar que, si Jesucristo quería la ordenación ministerial de las mujeres, los usos de su pueblo no representaban un obstáculo.
En su carta apostólica Ordinatio sacerdotalis del 22 de mayo de 1994, Juan Pablo II afirmó que esto no se puede hacer, pues Jesucristo solo ordenó sacerdotes a varones; y la Iglesia no puede hacer cambios importantes en los sacramentos instituidos por Jesucristo.
Lo mismo que en la Santa Misa hay que consagrar pan y vino, y sería inválida una Misa con patatas fritas y horchata.
Repetidas veces dijo Juan Pablo II: «La Iglesia no tiene autoridad para aceptar el sacerdocio femenino». «No se trata de una cuestión de igualdad entre personas o de derechos dados por Dios. El sacerdocio ministerial no puede ser reivindicado por nadie como un derecho. La Iglesia, en plena fidelidad con el Nuevo Testamento y con la tradición, tanto Oriental como Occidental, enseña que solo los varones pueden ser ordenados sacerdotes».
El P. Santiago Martín, dijo por Televisión Española el 12 de octubre del 2000: «El sacerdocio no es un derecho, es un don. Y los dones se aceptan y agradecen, no se exigen ni reivindican».
El sacerdote es alter Christus, otro Cristo.
Las feministas quieren hacer una sociedad dominada por las mujeres. Pero esta sociedad tendría los mismos defectos, o más, que la dominada por los hombres. Pues todo hombre bien nacido siente respeto por la mujer, mientras que las feministas, frecuentemente, muestran desprecio por los hombres.
En el siglo XVIII encontramos la glosa de Juan Nicolás Grou (fallecido en 1803) que explica que María es el modelo de la vida de unión entre la acción y la contemplación porque supo estar sujeta a la voluntad de Dios y porque Dios fue siempre el único objeto de sus pensamientos.