Colaboraciones

 

Karl Marx y la religión (III)

 

 

 

25 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Para que el materialismo dialéctico tuviera aceptación, también entre los intelectuales, ha debido presentarse con un ropaje científico. Le era necesario hallar alguna explicación de la constante histórica de la religión en la inmensa mayoría de los hombres de todos los tiempos. La razón había de hallarse en los mismos axiomas marxistas. La «luminosa idea» marxista concibió la identificación de la raíz del sentido religioso con la raíz de la miseria material, económica, que se debería sobre todo al capitalismo. Por eso dice Marx: «Luchar contra la religión es, en consecuencia, luchar indirectamente contra el mundo del cual la religión es arma espiritual» (en Crítica a la filosofía de Derecho de Hegel). Una vez más, Marx vincula intrínsecamente la religión al capitalismo, como aliados incondicionales. Marx no tiene en cuenta que la verdadera religión predica el desprendimiento —que es libertad y señorío— de las cosas de la tierra y que, por otro lado, hay bastantes capitalistas ateos y, por consiguiente, materialistas. Pero Marx nos dice que «la miseria religiosa es, al mismo tiempo, expresión de la miseria real y de la protesta contra esta miseria» (Ibid.). «Expresión» (de la miseria real), porque —según Marx— el hombre que se encuentra en una situación dependiente hipostasía instintivamente el poder material del que depende bajo la forma de divinidad trascendente, y «protesta». Así, el hombre que es desgraciado en esta tierra proyecta su sed de felicidad al otro mundo, y se esfuerza en atenuar su sufrimiento presente imaginándose una felicidad futura. Esta es la interpretación marxista que permite aseverar que una vez suprimida la miseria quedaría suprimido todo poder superior al hombre y su «reflejo fantástico» se desvanecería por sí mismo: el hombre sería para sí mismo, Dios. Engels añade con optimismo: «Este proceso está ya tan adelantado que puede considerarse como terminado» (en Anti-Dühring, p. 380). Pero los datos, como es bien sabido, son tercos.

Cosa curiosa es que el marxismo creyendo que infaliblemente la religión desaparecerá por sí sola al cumplirse las condiciones económico-sociales de la sociedad comunista, hasta el punto de esfumarse del planeta la misma idea de Dios, a pesar de ello, se presenta como activo combatiente contra la religión, tanto en la teoría como en la práctica. En la teoría, puesto que —según Marx— «la crítica de la religión es virtualmente la crítica del valle de lágrimas del que la religión es aureola... La crítica de la religión, por tanto, hace que el hombre piense, actúe, cree su realidad, como un hombre desengañado, dueño de su razón, con el fin de que se mueva a su alrededor, alrededor de sí mismo, su verdadero sol» (en Crítica a la Filosofía del Derecho).

La actitud ante la religión en el mundo marxista es inequívoca, inalterable en la teoría y de hecho inalterada: «El marxismo es el materialismo, dice Lenin. Por este mismo título, es implacablemente hostil a la religión, como lo era el materialismo de los enciclopedistas del siglo XVIII o el materialismo de Feuerbach... Pero el materialismo dialéctico va más lejos que los enciclopedistas o que Feuerbach... Debemos combatir la religión. Esto es el abecé de todo materialismo; por tanto, del marxismo. Pero el marxismo va más lejos. Dice: es necesario saber luchar contra la religión, y para esto es necesario explicar, en el sentido materialista, las fuentes de la fe y de la religión de las masas». La actitud está clara, la intención también; y los métodos, para el que conozca la moral marxista son muy previsibles.

Lenin insiste en hacer crítica de la religión apoyándose en razones de tipo psicológico: «La religión es un aspecto de la opresión espiritual que siempre y en cualquier parte pesa sobre las masas agobiadas por el trabajo perpetuo en provecho de los demás, por la miseria y la soledad. La fe en una vida mejor en el más allá nace asimismo de la impotencia de las clases explotadas en lucha contra los explotadores y tan inevitablemente como —de la impotencia del salvaje en lucha contra la naturaleza, nace la creencia en las divinidades, en los diablos, en los milagros, etc.— Olvidar que la opresión religiosa de la humanidad solo es reflejo de la opresión económica en el seno de la sociedad sería dar prueba de mediocridad burguesa» (Lenin, De la religión). Podría replicarse: ¿y qué prueba esa calificación —mediocridad burguesa— sobre la verdad o falsedad del discurso precedente?

En resumen, según el marxismo, la idea de Dios es la proyección en un ser fantástico de las fuerzas físicas y sociales que dominan al hombre, de modo que la idea desaparecerá en el momento en que se llegue a un dominio tal de la naturaleza —la ensoñada sociedad comunista— que ya sea inútil la idea de Dios.

La primera observación que cabe hacer a esta hipótesis indemostrable es que el origen psicológico de una idea no permite emitir el menor juicio sobre su objetividad, es decir, sobre su correspondencia a la realidad que pretende representar. El origen y la objetividad de una idea constituyen dos problemas diferentes y deben tratarse por separado. Cuando en la mente surge una idea, poco importa saber cómo se formó para calificarla de verdadera o falsa. Solo hay una especie de ideas cuyo origen tiene valor de comprobación; son las ideas puramente empíricas, es decir, las que se obtienen directamente de la experiencia sensible. Al reflexionar sobre lo que se ha percibido, la experiencia es simultáneamente fuente y garantía de la autenticidad de la idea. En los demás casos no hay relación necesaria entre su génesis y su verdad. Por tanto, el origen de la idea de Dios —Ser que no se encuentra en el ámbito de nuestra experiencia sensible— no es un dato relevante en vistas a probar su objetividad. De hecho, se sabe que la idea de Dios se halla en hombres de todo tiempo, de toda cultura, de toda condición social, económica, etc. A unos les llega por tradición, a otros por intuición, a otros, por vía de rigurosa demostración racional. Cierto que puede influir en la génesis de la idea de Dios el sentimiento de dependencia y también el miedo. En rigor todo «lo que es» puede ser punto de partida para concluir en la existencia del Creador de todas las cosas. También, por supuesto, la experiencia del amor y de la bondad, el espectáculo de la naturaleza; también la materia, con su evidente insuficiencia para fundar toda la realidad conocida. Pero lo decisivo, insistimos, no es escudriñar las raíces vitales de la idea de Dios, sino averiguar si esta idea puede y debe ser admitida en el orden de la razón y servir al juicio afirmativo «Dios es».

Por otra parte, cabe subrayar que es universalmente experimentable que la religión no es solo ni principalmente un «consuelo» ante las miserias terrenas; hasta el punto que, por fidelidad a la religión, millones de hombres han aceptado libremente muchas miserias, incluida la muerte, que se habrían ahorrado con solo renunciar a la religión. Y tampoco faltan abundantes ejemplos de «víctimas de la opresión capitalista» que lejos de buscar refugio en la religión como consuelo de sus desdichas, se alejan de ella tristemente. El marxismo, con Marx, violenta las experiencias más claras con tal de que cuadren en sus postulados materialistas y revolucionarios.

Finalmente, baste referirnos al hecho, históricamente comprobable, de que el cristiano tiene su origen en una Persona, Jesucristo, que probó con milagros sin cuento que verdaderamente era el Hijo de Dios. Con su Vida, Pasión, Muerte y Resurrección ha venido a ser fundamento inconmovible de la fe en el único Dios.