Colaboraciones

 

La Santa Misa (I)

 

 

 

11 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La Misa es el sacrificio de Cristo que se ofreció a sí mismo una vez para siempre en la Cruz. Es el centro de nuestra vida cristiana y la acción de gracias que presentamos a Dios por su gran amor hacia nosotros. No es otro sacrificio, no es una repetición. Es el mismo sacrificio de Jesús que se hace presente. Es una re-presentación del Calvario, memorial, aplicación de los méritos de Cristo.

Comienza la Misa con un beso al altar, porque el altar es Cristo. Invocamos a la Santísima Trinidad, fuente de vida sobrenatural; y queremos disponernos bien con un acto penitencial, pidiendo perdón de nuestros pecados (para los pecados graves, se requiere el sacramento de la confesión).

La Misa básicamente tiene dos partes: la liturgia de la palabra (después de estar bien preparados por la petición de perdón de los pecados) y la liturgia de Eucaristía, que es el ofrecimiento al Padre por parte de Jesús y nuestra, pues también nosotros somos hijos de Dios.

 

1. Ritos iniciales

• Canto de entrada: nos preparamos para comenzar la misa con el canto de entrada. Es un canto que nos une a todos porque a la misa venimos personas de distintos lugares, culturas, edades y cantamos a una voz, como un cuerpo que somos en torno a Cristo. Nos unimos para celebrar uno de los dones más grandes que Jesús nos dejó: la Eucaristía.

. Señal de la Cruz: la misa empieza propiamente con la señal de la cruz y terminará también de la misma manera, cuando recibimos la bendición final. Hacer la señal de la cruz nos recuerda que le pertenecemos a Cristo. En el lenguaje bíblico, el nombre representa a la persona misma. Empezar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo no es solo mencionar el nombre de Dios, sino ponernos en su presencia.

Acto penitencial: puestos en la presencia de Dios, la Iglesia nos invita a reconocer con humildad que somos pecadores. Porque como dice san Pablo: «Mi proceder no lo comprendo, pues no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rm 7, 15). Algo así nos sucede a todos… Por eso, al empezar la Eucaristía reconocemos humildemente frente a todos nuestros hermanos, que somos pecadores. Y para pedirle perdón a Dios, usamos las palabras del ciego que oyó que Jesús pasaba cerca, y como sabía que no podía curarse a sí mismo, sino necesitaba del auxilio de Dios, se puso a gritar en medio de la multitud: «Señor, ten piedad de mí». Así, con confianza en la misericordia de Dios, rezamos también el «Señor ten piedad».

Canto del Gloria: En los domingos y solemnidades se reza este himno, que resume el sentido máximo de la vida cristiana: darle gloria a Dios. Alabar a Dios, no solo porque es bueno, o porque nos ayuda, o por las cosas que nos da. Darle gloria por quién es Él, porque es Dios. Nos ayuda a estar bien orientados, a afirmar que el sentido máximo de nuestra vida es Él.

Oración colecta: Este no es el momento en el que se pasa la limosna, eso viene después. Se trata de la oración colecta. Es el momento en el que el sacerdote invita a toda la comunidad a rezar pidiendo. Por eso al empezar la oración el sacerdote dice a todos: «Oremos». Y extiende las manos en señal de súplica. Es el momento de recogernos todos en silencio y pedirle también al Señor por nuestras necesidades. Al terminar la oración colecta todos nos unimos a lo que el sacerdote ha pedido, diciendo juntos: «Amén!» Se llama colecta porque es la oración que recoge las peticiones de todos. Porque como dice el Señor en el Evangelio: «Si dos de Uds. se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, lo conseguirán de mi Padre que está en los Cielos» (Mt 18, 19-20). Y es una oración que nos une con la Iglesia toda, ya que en cualquier rincón del mundo donde se celebre la misa ese día, se pedirá por lo mismo.

 

2. Liturgia de la Palabra

El Señor Jesús, antes de alimentarnos con su Cuerpo y con su Sangre en la mesa del sacrificio, nos alimenta primero en la mesa de la Palabra. A través de las lecturas, vamos a escuchar directamente a Dios que nos habla a nosotros, que somos su pueblo.

Lecturas: la primera lectura está tomada de alguno de los libros del Antiguo Testamento. Es importante meditarlas, porque por estas palabras, Dios fue preparando a su Pueblo para la venida de Cristo. Y también nos preparan a nosotros para escuchar a Jesús, ya que la primera lectura está directamente relacionada con el Evangelio que se va a leer.

Después de la primera lectura, se lee el salmo. Los salmos siempre han sido una oración muy importante en la historia de la Iglesia, porque cuando rezamos con los salmos rezamos con las mismas palabras de Dios, palabras que Él pone en nuestra boca para que sepamos cómo pedir, cómo expresarnos. Con los salmos aprendemos a rezar, aprendemos a hablar con Dios, usando sus mismas palabras, que se convirtieron en oración.

La segunda lectura está tomada del Nuevo Testamento: de las cartas de san Pablo, o las Epístolas Católicas o del libro de los Hebreos o el Apocalipsis. Es decir, son los escritos de los apóstoles, escuchamos la predicación de los primeros hombres a los que Jesús les dijo: «Vayan y hagan discípulos míos a todas las gentes… enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado» (Mt 28, 19-20).

La actitud del cristiano debe ser la de poner atención a las lecturas para captar y penetrar las luces y gracias que el Espíritu Santo le quiere ofrecer en la escucha atenta de la palabra de Dios. Por eso, hay que dar lugar en nuestras vidas a la meditación de las lecturas de la liturgia, siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen que «conservaba todas las cosas en su corazón» (Cf Lucas 2, 19; 2, 51).

Evangelio: en la primera lectura Dios nos habló por sus profetas, en la segunda por sus apóstoles, ahora en el Evangelio nos habla directamente por medio de su Hijo Jesucristo. Es el momento más importante de la liturgia de la Palabra, vamos a escuchar directamente a Jesús hablando, enseñando, curando. La palabra Evangelio significa «buena noticia» y esta buena noticia no es solo un mensaje, ¡es Jesús mismo! ¡La mejor noticia que ha existido! Es un momento muy importante, por eso nos ponemos de pie, cantamos con alegría el Aleluya y el Evangelio es proclamado por el sacerdote. Lo escuchamos de pie, en señal de atención y de la prontitud que queremos tener para seguirlo. Y al iniciar, nos hacemos la señal de la cruz en la frente, la boca y el pecho, como diciendo que recibimos la Palabra de Dios en la mente, la confesamos con la boca y la guardamos en el corazón.

El Aleluya es la aclamación de la ciudad futura, Jerusalén (Cf Tobías 13, 16-17), con la que se saluda a Cristo como vencedor de la antigua Babel (Cf Apocalipsis 19, 1-9).

La proclamación del Evangelio es uno de los ejes centrales de la Misa, el culmen de la liturgia de la palabra y, por ello, se reviste con una solemnidad especial.

Y por último… La Homilía: no basta oír la Palabra de Dios, sino que también necesitamos que nos sea explicada de manera adecuada. Homilía viene de una palabra griega que significa «diálogo», «conversación». Es el momento en el que el sacerdote explica los pasajes proclamados para poder ahondar en ellos. Si en el Evangelio Dios nos habla por su Hijo Jesucristo, en la homilía nos habla por su Iglesia.

La homilía busca explicar y actualizar los textos sagrados durante la liturgia, pero el hecho de que sea explicación o actualización no quita que lleve una fuerte carga de motivación y de persuasión buscando guiar a los fieles en el mejor seguimiento de Cristo.

En la celebración de la misa es Jesús quien nos invita a participar de su amistad, en la que también encontramos estos dos momentos importantes: la conversación, que es cuando Jesús nos habla a través de su Palabra y nosotros le respondemos con nuestras oraciones; y la comida, cuando Jesús nos ofrece el banquete de la Eucaristía, nos da su Cuerpo y su Sangre.

La liturgia de la Eucaristía es la parte más importante de la Misa. Esta tiene tres partes: El rito de las ofrendas, la Gran Plegaria Eucarística (es el núcleo de toda la celebración, es una plegaria de acción de gracias en la que actualizamos la muerte y resurrección de Jesús) y el rito de comunión.

La plegaria Eucarística es propiamente la fracción del pan, es decir la renovación del sacrificio de Jesús, el memorial de su muerte y resurrección que nos hace hijos de Dios. La Cena del Señor se llama «Litúrgia eucarística» pues consiste en una acción de gracias-bendición (con la consagración del pan y del vino que hizo Jesús) y la distribución (comunión).

La liturgia eucarística, parte central de la Misa, se hace en el altar, lugar del sacrificio. Tiene lugar, después de las ofrendas del pan y del vino, y de esta invitación a orar; el sacerdote reza una oración sobre las ofrendas y comienza una acción de gracias larga, introducida con un diálogo que eleva los corazones a Dios y se proclama el «Santo, santo...» —juntando nuestras voces con los coros angélicos— ante el trono de Dios. Después, hay una invocación al Espíritu Santo (epíclesis) para que transforme las ofrendas en cuerpo y sangre de Cristo, lo que ocurre en el relato de la institución de la eucaristía (Consagración), donde se realiza la transubstanciación, la consagración del pan y vino que se convierten en el cuerpo y sangre del Señor, y podemos decir con el discípulo Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Recordando la redención obrada por Jesús, ofrecemos al Padre la Víctima y junto a Jesús nos ofrecemos nosotros.