Colaboraciones

 

La teología no teológica

 

 

 

29 junio, 2024 | Javier Úbeda Ibáñez


San Juan Pablo II.

 

 

 

 

 

 

En ambientes como los descritos en el artículo «La disidencia privilegiada», publicado en sotodelamarina.com, el 28-VI-2024, abunda lo que podríamos llamar teología no teológica. Puede un profesor de teología —sedicente «teólogo»— discurrir sobre temas teológicos y hablar de ellos con erudición y con terminología teológica y, sin embargo, no hacer realmente teología.

La teología es obra que la razón produce a la luz de la fe (ratio fide illustrata), y que «se apoya, como fundamento perdurable, en la Escritura unida a la Tradición» (Vat. II, Dei Verbum 24). Y «la Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia están unidos de tal modo que ninguno puede subsistir sin los otros» (ib. 10).

Eso significa que cualquier «teología» que desarrolle su pensamiento al margen o en contra de Escritura, Tradición y Magisterio apostólico no es propiamente, para los católicos, teología. Es teodicea, teognosis, teología protestante —el libre examen luterano— o simplemente ideología. Incluso, quizá, la palabra gnosis sea la más indicada para referirse a esta pseudoteología.

En todo caso, ¿por qué llamar teología a ciertos escritos sobre cristología, teología de la liberación, teología del matrimonio, Eucaristía, si en tantos graves aspectos enseñan tesis perfectamente contrarias a la enseñanza de la Biblia, de la Tradición y del Magisterio? Ese abuso del lenguaje no trae ventaja alguna.

Y la pregunta más grave: ¿por qué se tolera, y a veces se fomenta, la edición de esas obras ideológicas en colecciones católicas, y se permite su difusión en librerías que se dicen católicas?

La disidencia actual respecto a la doctrina de la Iglesia algunas veces es frontal, pero con más frecuencia se expresa en modos ambiguos, eufemísticos, indirectos, implícitos. Los ejemplos podrían multiplicarse.

Siempre, antes y ahora, los lobos se han vestido «con piel de oveja» (Mt 7, 15). «Son falsos apóstoles, que proceden con engaño, haciéndose pasar por apóstoles de Cristo. Su táctica no debe sorprendernos, porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11, 13-14).

En los decenios postconciliares la autoridad de la Iglesia siempre ha estado atenta a enseñar la verdad y a refutar los errores con fuerza persuasiva.

Pero, los autores de los errores, mientras no se produce su pública y nominal reprobación, siguen difundiendo eficazmente sus errores, por luminosos que sean los documentos contemporáneos de la Iglesia, que afirman la verdad y niegan el error.

Es el caso de Marciano Vidal (1937), profesor español redentorista que publicó su Moral de actitudes (1974), y la obra es pronto traducida al portugués, al italiano y a otras lenguas. Desde hace muchos años, cualquier cristiano medianamente formado en teología entendía con toda facilidad que esa obra, como otras muchas del mismo autor, difundía enseñanzas claramente inconciliables con la doctrina moral católica.

Al ser censurada su obra por Roma, el diario El Mundo (16-V-2001) comentó que «ha sido el santo y seña de generaciones de seminaristas y curas de España y del extranjero desde los años 70».

Esta obra y otras del mismo autor, con las de Häring, Curran, Forcano, Valsecchi, Hortelano, López Azpitarte, etc., son las que durante años han creado en gran parte del pueblo católico, profesores, párrocos, confesores, grupos matrimoniales, seminarios y noviciados, una mentalidad moral no católica.

El caso Anthony de Mello. El 24 de junio de 1998 la Congregación para la Doctrina de la Fe publica una Notificación señalando los graves errores contenidos en varias de las obras del padre Anthony de Mello, S.J. (1931-1987).

Estas obras podrán hallarse hoy en casi todas las librerías diocesanas y religiosas de lengua española.

¿Cómo es posible que durante tantos años hayan podido difundirse en la Iglesia católica obras tan perniciosas, tan contrarias a la tradición católica y al Magisterio apostólico, sin que se haya detenido a tiempo su difusión? ¿Cómo podrá ahora remediarse el daño tan grande y extenso que esas obras —y tantas otras— han causado?

Admitir las tensiones no significa descuido e indiferencia. Se trata más bien de «la paciencia en la maduración» (Juan Pablo II, instrucción Donum veritatis 11), que la tierra requiere para permitir que la semilla germine y produzca nuevos frutos.

El Magisterio adopta prudentemente esta actitud y le concede particular relieve, porque sabe que de ese modo se alcanzan las comprensiones más profundas de la verdad para el mayor bien de los fieles. Es la actitud de Juan Pablo II cuando, en la instrucción citada, se abstiene de «imponer a los fieles ningún sistema teológico particular» (encíclica Veritatis splendor 29). Llegará la hora de la poda y del discernimiento, pero nunca antes de que surja y se abra lo que está germinando».