Colaboraciones

 

Sobre la soberbia

 

 

 

24 junio, 2024 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

 

El hombre se deja llevar por el exceso de amor propio y se considera dios de sí mismo; olvida que Dios es su principio y su último fin; hace un excesivo aprecio de sí mismo, y ve sus cualidades (verdaderas o falsas) como si fueran suyas en lugar de referirlas a su Creador. Cae en un afán de independencia que le impulsa a sustraerse de la voluntad de Dios o de sus representantes. El egoísmo lo mueve a trabajar sólo para sí, la vana complacencia se deleita en la propia excelencia y no cuenta con Dios, autor de todo bien, que se complace con las buenas obras de sus creaturas.

A la soberbia se junta la vanidad, por la que procuramos desordenadamente la estima de los demás, su aprobación y sus alabanzas. Nace la envidia que se deriva en jactancia, inclinación a hablar de sí mismo y de los méritos propios; de la ostentación, procurando llamar la atención de los demás con el lujo; o hipocresía, fingiendo virtud, que no nos preocupamos por adquirir. La soberbia es el más terrible enemigo de la santidad, porque pretende robar a Dios la gloria y Dios no se puede convertir en nuestro cómplice. La soberbia es fuente de innumerables pecados como la presunción, el desaliento o la simulación.

Debemos referir todo a Dios, reconociéndolo autor de todo bien y que por ser principio de nuestros actos, debe ser su último bien. Dice san Pablo: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4, 7). Todas nuestras obras deben ser para gloria de Dios, y debemos hacerlas en su nombre. Debemos recordar que nosotros no somos nada y que las cualidades que tenemos proceden de Dios y a Él tienen que dar gloria.

Hemos de tener presente que todas cuantas gracias se nos conceden, son gracias de combate, no de descanso; nuestro esfuerzo es indispensable para perfeccionar en nosotros la vida cristiana y conseguir muchos méritos.