Colaboraciones

 

Indiferencia ante Dios

 

 

 

 

01 octubre, 2022 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La indiferencia religiosa está creciendo, así como el ateísmo práctico. Agnósticos y creyentes no practicantes forman una parte importante de la sociedad y viven de hecho como si Dios no existiera, sin referencia a los valores: «Quizá Dios no existe, pero no importa, de todos modos, no experimentamos su ausencia».

En una sociedad frecuentemente ebria de consumo y de placeres, de abundancia y de lujo, de apariencia y de narcisismo, Él nos llama a tener un comportamiento sobrio, es decir, sencillo, equilibrado, lineal, capaz de entender y vivir lo que es importante. En un mundo, a menudo duro con el pecador e indulgente con el pecado, es necesario cultivar un fuerte sentido de la justicia, de la búsqueda y el poner en práctica la voluntad de Dios. Ante una cultura de la indiferencia, que con frecuencia termina por ser despiadada, nuestro estilo de vida ha de estar lleno de piedad, de empatía, de compasión, de misericordia, que se extrae cada día del pozo de la oración.

La primera forma de indiferencia en la sociedad humana es la indiferencia ante Dios, de la cual brota también la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado. Esto es uno de los graves efectos de un falso humanismo y del materialismo práctico, combinados con un pensamiento relativista y nihilista. El hombre piensa ser el autor de sí mismo, de la propia vida y de la sociedad; se siente autosuficiente; busca no sólo reemplazar a Dios, sino prescindir completamente de Él. Por consiguiente, cree que no debe nada a nadie, excepto a sí mismo, y pretende tener sólo derechos. Contra esta autocomprensión errónea de la persona, Benedicto XVI recordaba que ni el hombre ni su desarrollo son capaces de darse su significado último por sí mismo; y, precedentemente, Pablo VI había afirmado que «no hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre a lo Absoluto, en el reconocimiento de una vocación, que da la idea verdadera de la vida humana».

La indiferencia ante Dios supera la esfera íntima y espiritual de cada persona y alcanza a la esfera pública y social. Como afirmaba Benedicto XVI, «existe un vínculo íntimo entre la glorificación de Dios y la paz de los hombres sobre la tierra». En efecto, sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultándole difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz. El olvido y la negación de Dios, que llevan al hombre a no reconocer alguna norma por encima de sí y a tomar solamente a sí mismo como norma, han producido crueldad y violencia sin medida.

El papel del cristiano en la sociedad es la de ser sal y luz.

La sal ha servido siempre como instrumento para conservar los alimentos, para sanar heridas, para dar buen sabor a los alimentos… como discípulos del Señor, somos quienes debemos contagiar vida al mundo por medio del testimonio.

Pienso que el creciente aumento de violencia, hambre, desigualdad, enfermedades, indiferencia y demás elementos que aquejan a la sociedad actual tienen su raíz en el egoísmo: éste se ha venido fortaleciendo en los últimos tiempos.